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Remembranza

El origen simbólico (no etimológico), de la palabra "remembranza", yo lo sitúo en tiempos antiguos, en Egipto, particularmente en el mito de Osiris. Osiris era el faraón de los dioses del panteón Egípcio, era adorado y venerado por su justa manera de legislar, pero su reputación y su reconocimiento despertaban una inmensa envidia en su hermano Seth.

 

Luego de un primer intento fallido para deshacerse de Osiris, Seth logró con éxito cortar el cuerpo de su hermano en 42 pedazos que luego esparció por todo Egipto. Isis, su esposa, que ya había logrado salvarlo una vez, emprendió la nueva gesta de reunir y re-membrar los pedazos de su amado. Luego de una búsqueda heroica, Isis consiguió recuperar los pedazos del cuerpo, todos menos uno: el falo. Este singular miembro que, perdido, en el mito actúa como alegoría de la actitud pasiva que deben asumir las facultades masculinas -el racionalismo exacerbado y la actividad mental desenfrenada- en la consciencia individual. A falta del último pedazo, la remembranza de Osiris no pudo darse de forma absoluta, por lo que Isis tuvo que recurrir a un acto mágico-erótico que dio como resultado una nueva creación: el nacimiento de Horus, hijo y resurrección de Osiris. Dado que su cuerpo quedó incompleto, Osiris padre, el remembrado, no pudo retornar al mundo de los vivos, y debió continuar su existencia corpórea como señor del Dwat, el inframundo. Horus, su hijo, que a su vez era su remembranza y por tanto su resurrección, luego de vengarlo reinaría sobre la tierra.

 

Como todo acto de remembranza, la de Osiris no pudo completarse en totalidad. La memoria es como el agua que se escapa de las manos, dejándolas apenas húmedas entre las arrugas de la piel. Puede recordarse casi todo, pero el acto de recordar es, en efecto, un acto creativo apoyado por la imaginación, en últimas, un acto de magia. No puede, nunca, encontrarse en la memoria todo lo que fue un momento. La remembranza, es en sí misma una creación del presente que se compone de unas partes reales, unos miembros corpóreos que son fragmentos de memorias, y otras imaginadas, que actúan como las costuras que las unen al tronco, dando como resultado un cuerpo, una creación completamente nueva. Esta idea de remembranza y su relación con la memoria está fuertemente condicionada por la incapacidad de nuestra mente de recrear eventos pasados en su totalidad y con exactitud, motivo por el cual debe recurrir a sus propias facultades creadoras. En muchos casos, el acto de remembranza concluye en un maravilloso acto de renovación mágica. En otros en el ensamblaje de una memoria monstruosa y aterradora

 

El eco más potente del mito de Osiris que encontramos en nuestra época es el de Frankenstein, una curiosa mezcla con la historia judía del Golem y las premoniciones y experiencias de la guerra. En esta historia, el ser remembrado, ya no de un mismo individuo, sino de partes de personas diferentes y anónimas, aparece, no como padre, sino como hijo también nacido de un acto de creación asexual, donde la cálida magia de Isis es reemplazada por la fría y racional ciencia a manos del Dr. Viktor Frankenstein. En la novela, el acto se da en ausencia de la fecunda feminidad, y el hijo “resucitado”, no viene ya a vengar la muerte de su padre, ni a reinar, sino a padecer los horrores de la humanidad, entre ellos, la búsqueda de su creador que lo abandonó al “nacer”. El anónimo[1] ser remembrado, que como única herencia de su padre recibió su nombre años después de ser publicada la novela, es mucho más afín al mundo como lo conocemos ahora, es una actualización que corresponde a nuestras propias deficiencias psíquicas, con sus conflictos y degeneraciones que llevan a la remembranza de un ser monstruoso.

Frankenstein, el remembrado, es descrito al comienzo como un ser sensible y compasivo, capaz de sentir remordimiento y tristeza, y vive su vida solo en busca de compañía y tranquilidad. Sin embargo, a causa de su origen y por su horrible apariencia, es constantemente atacado y rechazado. En palabras de su propio creador: “Una momia a la que dotaran nuevamente de animación no podría ser tan espantosa como aquel desdichado.”. Los horrores que padece por su apariencia, a pesar de que sabe hablar, escribir, es culto y empático, lo llevan poco a poco a la desesperación.

 

Esta remembranza, que a lo largo de la novela persigue a su creador, es una manifestación de los propios horrores subconscientes del Dr. Frankenstein -él, alegórico del yo consciente-, y lo que él encarna: el efecto desecante del árido y desértico pensamiento cientificista - en la novela Viktor abandonó la más esotérica alquimia por la química moderna-. El remembrado persigue a su creador en busca de respuestas, y ante el rechazo, destruye su vida un poco a la vez. Es alegórico de lo que el rechazo de la propia sombra, las memorias y los traumas reprimidos ejercen sobre el individuo cuando se rehúsa a confrontarlos.

 

En Latinoamérica hay un eco de la remembranza osiriana, consignada en la historia de "La Llorona", aunque esta tiene un giro más espeluznante que la de Frankenstein. Si no lo recuerdo mal como me lo contaban en Tolima los hijos del ayudante de mi abuelo, en la historia de la llorona eran los hijos de la mujer los que morían ahogados arrastrados por el río. En la versión Tolimense, la mujer hace un pacto con el diablo para poder recuperar a sus hijos. Según el pacto, ella debía recuperar hasta el más pequeño hueso de cada uno de ellos y así él les devolvería la vida. Pasaron los años y la mujer logró recuperar todos los huesos menos uno, el hueso pequeño del meñique de una de las manitos del bebé. La leyenda cuenta que, desde entonces, la mujer vaga por el mundo llorando y gritando angustiada, pidiendo por el hueso de su bebé. Hay que ver la sociedad en la que vivimos, para entender el significado simbólico de una historia en la que el componente consciente, racional, aparece evocado por un demonio caprichoso, el femenino, subconsciente por una mujer descuidada, y su semilla, la creación, que resulta en una especie de angustioso aborto eterno.

 

La remembranza es un acto mágico que tiene como consecuencia inevitable la creación. Consecuentemente toda creación es un acto de remembranza de un continuo e ilimitado flujo de nuestra memoria individual y colectiva que yace latente en la profundidad del inframundo subconsciente y en la infinidad de las alturas, en los cielos supraconscientes. A esta memoria podemos acceder por medio del reconocimiento de nuestras facultades lunares, femeninas, hoy en día tan reprimidas en todos los niveles de la vida social y personal. Es necesario apaciguar los deseos incontrolados del "yo" consciente, masculino y racional -evocado en el mito de Osiris a través del falo desaparecido-, enfocarlos y entregárselos a ella. Solo al otorgarle libertad absoluta en su actuar mágico, puede ella -encarnada en Isis en el mito original- remembrar correctamente y entregarnos su semilla, el nuevo sol resplandeciente.

 

 

 

[1] El nombre con el que hoy conocemos a Frankenstein el monstruo, no le fue dado en la novela originalmente por Shelley, de hecho, en la novela no le fue dado ningún nombre.