EL MYSTERIO DE NARCISO

Matías Quintero Sepúlveda

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Nota: Las referencias bibliográficas están enumeradas con

números romanos ([I], [II], [III]) y anexadas en una sección

de notas al final. Aparte de las bibliográficas hay unas

notas de carácter analítico enumeradas con números

arábigos que son interactivas ([1][2], [3])

 

Para el pensamiento simbólico

no existen los mitos, sino el Mito,

que se conoce,

por la analogía

 

El mito de Narciso

 

En sus Metamorfosis cuenta Ovidio que Liríope, ninfa de cabellos azules una vez consultó a Tiresias, un célebre adivino, si su hijo Narciso, llegaría a una vejez avanzada, saludable y tranquila. La respuesta de Tiresias fue: "Si él no llega a conocerse".[I]

Habiendo alcanzado la adolescencia, Narciso, joven y hermoso, fue deseado por ninfas y humanos en gran número, sin embargo lo caracterizaba una fría soberbia con la que rechazaba a todo aquel que lo pretendiera. De entre todas las personas que rechazó, una, a modo de venganza rogó a los dioses que del mismo modo, Narciso llegara a amar sin ser correspondido. La súplica fue escuchada.

En medio de los bosques que Narciso frecuentaba, había un manantial cristalino, "cuyas aguas brillaban como la plata, al que jamás se habían acercado los pastores ni el ganado, al que no habían molestado ni los pájaros ni las bestias salvajes, ni rama alguna de árbol había turbado su pureza". En los alrededores del manantial había un frondoso bosque que impedía el paso del calor del sol, por lo que siempre se mantenía el lugar fresco.

En medio de un intenso día de caza, agotado por la persecución de alguna presa y, habiendo encontrado el maravilloso manantial, Narciso se acerca cuidadosamente a la orilla para beber un poco de agua. Ya listo para sumergir su mano para beber de ella, Narciso queda estupefacto al ver en la superficie del agua la imagen de su belleza que se convierte en su mayor deseo. Lo que sigue en la historia que narra Ovidio es un monólogo, una lucha de Narciso por intentar atrapar, abrazar, besar, siempre en vano, su reflejo. Enloquece y se retuerce, llora, lucha contra la incredulidad. En el fondo sabe que es solo una imagen que se mueve cuando él se mueve, que es su imagen, pero no logra escapar del ardor del deseo que lo quema. Luego de un rato de angustias observadas compasivamente y acompañadas por la voz de la ninfa Eco que también había sufrido el rechazo de Narciso, este empieza a sentir como pierde sus fuerzas. Llora y sus lagrimas que caen al estanque remueven las aguas que desvanecen su imagen. Se arranca la camisa, se golpea el pecho que adquiere "el color rojo de la rosa", cuando vuelve a ver su reflejo, no lo soporta y, "como suele deshacerse la amarilla cera con un leve calor, o las escarchas de la mañana cuando calienta el sol, así, consumido por el amor, se funde y poco a poco se ve devorado por el fuego secreto". Lentamente, la vida de Narciso lo abandona y donde su cuerpo cae solo puede ser hallada una flor que ahora lleva su nombre.

A simple lectura podría decirse que la historia de Narciso es una historia sobre cómo la soberbia y la obsesión por la apariencia propia puede culminar en una tragedia. Esta moraleja, que no vendría nada mal atender en el mundo contemporáneo, es ciertamente una verdad de ese mito, aunque no es el límite de su profundidad, es un significado parcial, tan solo la primera y más superficial capa de este símbolo que, como cualquier otro tiene una naturaleza triple[1].

La narración de Ovidio concluye con la imagen de las flores que ocupan la ausencia del cuerpo del hermoso joven. La vida de Narciso termina ahí, en su juventud, habiéndose conocido a sí mismo, en cumplimiento de la profecía del adivino Tiresias. Pero el mundo sigue su curso natural y en un breve cuento llamado El Discipulo, Oscar Wilde nos cuenta lo que sucede unos días más tarde:

Cuando Narciso murió, el manantial de sus placeres se tornó de un poso de aguas dulces a uno de lágrimas saladas, y vinieron las oréiades llorando a través del bosque con la intención de cantarle al manantial y así darle consuelo.

Y cuando vieron que el manantial se había transformado de un pozo de aguas dulces a uno de lágrima saladas, se soltaron las verdes trenzas de sus cabellos y dijeron, -no nos sorprende que de esta manera lamentes a Narciso, tan bello como era-.

-pero, ¿Narciso era bello?- preguntó el manantial.

-¿quien si no tu sabría que Narciso era bello?- replicaron las oréiades. -a nosotras nunca nos posó ni una breve mirada, en cambio a ti te buscaba, y solía recostarse en tu orilla a contemplar, en el espejo de tus aguas, su propia belleza-.

A lo que el manantial respondió, -si yo amaba a Narciso es porque, cuando se recostaba en mi orilla a contemplar, yo podía ver en el espejo de sus pupilas mi propia belleza reflejada.

Conócete a ti mismo

La primera clave que nos indica que nos encontramos frente a una narración mystérica[2] está en la respuesta que Tiresias dio a Liríope en la narración de Ovidio: "Si él no llega a conocerse". Parece demasiado curiosa esa selección de palabras que, instantáneamente, lo remiten a uno a la famosa frase pitagórica inscrita en el pronaos del templo de Apolo en Delfos: γνωθι σεαυτόν, conócete a ti mismo, -una especie de advertencia a los profanos[3] que se acercan al templo en busca de lo divino-.

En primera instancia, el encuentro que Narciso tuvo con su propio reflejo, parece aludir exclusivamente a su interpretación moral de donde deriva el término en psicología de "trastorno de personalidad narcisista", sin embargo, las palabras de Tiresias y su relación con la frase del templo de Delfos suscitan un sentido más profundo, más mystico. Resulta absurdo suponer que hasta ese momento -15 años- Narciso jamás había visto su reflejo en cualquier estanque o rio, esto apunta a la idea de que la respuesta involucraba un tipo de conocimiento diferente al de la imagen física, uno que solo podía suceder en ese manantial y no en otro cuerpo de agua. Es importante, por otro lado, recordar que la belleza expresada en los mitos griegos -y por extensión, en sus narraciones romanas-, no se refiere exclusivamente a una belleza física, sino que apunta a la idea de la Belleza platónica, un camino de trascendencia. El hecho de que Narciso no haya llegado a una vejez avanzada, en cumplimiento de la profecía del adivino, nos demuestra que en ese aparente encuentro con su reflejo sucedió algo más que un descubrimiento de la apariencia del cuerpo. 

La idea trascendental de conocerse a sí mismo, expresada no solo en los mysterios griegos, sino en todas las culturas humanas, apela a una mirada esotérica

-hacia adentro- aplicable a una multitud de capas del individuo, que se presentan de forma sucesiva, al iniciar el camino de autoconocimiento. Sobre esto dice el evangelio apócrifo según Tomás de la biblioteca de Nag Hamadi lo siguiente:

"Dijo Jesús esto: Si aquellos que os guían os dijeren esto: Ved, el Reino está en el cielo, entonces las aves os precederán. Si os dicen: Está en el mar, entonces los peces os precederán. Más el Reino está dentro y fuera. Cuando lleguéis a conoceros a vosotros mismos, entonces seréis conocidos y os daréis cuenta que sois los hijos del Padre Viviente. Si no os conocéis a vosotros mismos, entonces existís en pobreza y sois pobreza".

 

En una primera instancia, la idea de conocerse a sí mismo alude al ego y todas las mascaras de la personalidad que utiliza, esta es la primera capa que enfrenta Narciso a la cual se refiere la dimensión moral del mito, al sugerir que, si el individuo limita su conocimiento del ser a la superficie -el ego y sus formas, incluyendo su apariencia física-, entonces su destino ineludible es la muerte. El ego no es el sí mismo, la esencia, pero sí constituye un aspecto aparente y necesario que le permite interactuar con la experiencia fenomenológica y todas sus facetas: lo puramente perceptual, la experiencia material, y la experiencia con el entorno incluyendo lo social. Esta primera capa, más densa, se cristaliza a través de la apariencia física en el cuerpo y, de forma más sutil, en la personalidad. La frase del pronaos del templo de Delfos, invita a aquellas personas que consideran esta capa como la máxima extensión del ser, a que inicien ahí su camino de autoconocimiento, primero reconociendo eso a lo que llaman "yo" -el cuerpo, la personalidad, el nombre, los ideales, las creencias, la apariencia física, las actitudes, las conductas-, que no es la totalidad del sí mismo, pero que sí es su envoltura material. Solo el ego puede morir realmente, el verdadero sí mismo es inmortal, por eso en el mito de Narciso, su dimensión moral nos hace pensar que Narciso murió.

Y es que en cierta medida Narciso debe morir. El autoconocimiento del ego implica, como cualquier proceso de aprendizaje, una confrontación[4] crítica con cualquier idea preconcebida que se tenga de las cosas, un análisis de las partes que permita cuestionar la propia comprensión de lo que se estudia -que en este caso es uno mismo que es el otro en el reflejo-, y reconocer la dualidad en que se habita. Este proceso implica ponerse uno mismo como objeto de análisis[5], lo que supone un acto de discernimiento[6] frente a todo aquello que constituye la identidad propia, es separarse de sí mismo y cuestionarse, confrontarse. Esta confrontación deriva inevitablemente en una muerte simbólica[7], porque implica un matar a lo que se considera el "yo". Esta muerte simbólica, conocida en otros términos con el nombre de apocalipsis -una revelación-, es seguida por el renacimiento -no una reencarnación-, de una personalidad renovada, con un marco conceptual más amplio que favorece una nueva forma de vivir la experiencia propia y su relación con lo otro, una nueva forma de vida. Esta muerte de Narciso en el individuo no es una muerte del cuerpo, incluso tampoco del ego, sino una muerte -en el sentido de transformación- de las ideas, los conceptos y las creencias, que constituyen la interfase de interacción del sí mismo con la experiencia fenomenológica. Al reconocer al ego como algo que no es fijo ni estático, sino como un flujo constante e impermanente, el ego se asimila e interioriza, se disuelve, deja de ser considerado como el "yo" concreto, y se asume como un aspecto mutable de este que puede ser trascendido o atravesado en el análisis. En últimas, el ego que es asimilado deja de ser un obstáculo al que hay que destruir o sobrepasar, y se convierte en el aliado; así, la exploración del sí mismo deja de enfocarse en este que es tan solo su puerta de entrada.

Al atravesar y asimilar la densa capa del ego mediante el ejercicio de autoconocimiento, Narciso se encuentra con una nueva dimensión, el verdadero sí mismo que es el Ser, aquél que habita su cuerpo y la personalidad. Esta nueva capa no es moral, sino de orden simbólico[8], es decir que reúne a Narciso con el Ser superior, su alma, Ātman que, al no estar identificado con el ego, es Brhaman. Narciso reconoce a la divinidad que habita en él[9], y se funde con ella sobrepasando la dualidad que es expresada a través de la imagen de su cuerpo y la otredad que es expresada a través del manantial -y todos aquellos que lo pretendieron antes-, de repente Narciso ya no ve un manantial separado de sí mismo, sino que se ve a sí mismo en el manantial, se reconoce en lo otro, es decir que diluye la frontera dual que lo separa de lo otro y se funde en la esencia de lo total. Narciso y el manantial ya no son dos cosas separadas, ni una que se ve en la otra, sino una sola cosa, porque en la experiencia del sí mismo no hay dualidad, Narciso y lo otro que es el manantial devienen unión, unidad indiferenciada. Esa reunión que deriva del conocer al sí mismo, concluye en la realización de la realidad última, unificada, el retorno al vacío, al kaos y, por lo tanto, constituye un retorno a lo divino indiferenciado, a la causa primigenia. El conocimiento del sí mismo en Narciso, es consecuencia de la desidentificación con el ego, lo que implica una trascendencia de la esfera moral del mito, convirtiendo la narración en una alegoría de carácter iniciático. La historia habla en términos superficiales -morales- a los lectores superficiales, y en términos trascendentales a los lectores más atentos. Esta trascendencia de Narciso es evocada en su muerte que, según la historia, termina no en un ahogamiento, ni en una simple perdida de la conciencia, ni de la vida, sino en una disolución del cuerpo -aquello que es la manifestación más grosa del ego- que se transmuta en algo tan delicado como una flor -solve et coagula-. 

"Brahman fue esto antes; así que conoció incluso el Ātman. Yo soy Brahman, por lo tanto se convirtió en todo. Y cualquiera entre los dioses que tuvo esta iluminación, también se convirtió en Ello. Es lo mismo con los sabios, lo mismo con los hombres. Cualquiera que conozca el ser -Ātman (sí mismo)- como "Yo soy Brahman", se convierte en todo el universo. Incluso los dioses no pueden impedirlo, puesto que se convierte en su Ātman. Ahora, si un hombre adora a otro dios, pensando: "Él es uno y yo soy otro", entonces no sabe. Es como un animal para los dioses, así cada hombre sirve a los dioses (...)".[II]

La inversión de la mirada

La segunda clave del mito es el manantial cristalino, unas aguas vírgenes que jamás habían sido tocadas hasta el día en que Narciso las encontró. Parece casi absurdo creer que un manantial tan llamativo pudiera mantenerse puro en medio de un bosque lleno de plantas, animales y criaturas mitológicas. Si se tratara de la descripción de un lugar físico, al menos una hoja de un árbol tendría que haber rozado su superficie en algún momento, sin embargo, Ovidio nos asegura que esto nunca sucedió. Esto sugiere la idea de que el manantial -"que se encontraba en el interior de un bosque, en un lugar que no era alcanzado ni por el calor del sol", y que por lo tanto permanecía en la sombra-, no contenía unas aguas físicas, sino simbólicas, unas aguas que en alquimia suelen ser llamadas nuestras aguas, aguas filosofales, o aguas mercuriales. Estas últimas aguas mercuriales, también llamadas las aguas que no mojan, son tal vez las más oportunas si recordamos que en el relato Ovidio menciona que este era un manantial "cuyas aguas brillaban como la plata".

 

Un nombre alternativo y también común que reciben esas aguas es el de disolvente universal. Según la imagen como la narra Ovidio, resulta aparente que lo que le sucedió al cuerpo -ego- de Narciso fue una disolución, esto es señalado en las Metamorfosis de la siguiente forma: "ya se preparaban la pira, las vacilantes antorchas y el féretro, pero el cuerpo no aparece por sitio alguno; en vez de su cuerpo encuentran una flor de color de azafrán cuyo centro está rodeado de blancos pétalos". El narciso, una flor curiosa: en su centro tiene una corona o trompeta color amarillo que evoca la imagen de un sol interior radiante, que brilla con total esplendor. Rodean al sol 6 pétalos blancos que forman una estrella de seis puntas hecha con dos triángulos opuestos, uno que apunta a la tierra y otro que apunta al cielo, un símbolo de la conjunción de los opuestos. Ante esta imagen tal vez podríamos preguntarnos si el destino de Narciso realmente fue la muerte o si más bien lo que sugiere es la idea de una muerte iniciática; tal vez incluso, una transfiguración, lo que lo convierte a él en una figura Solar.

Una forma en la que puede ser entendida la idea de los procesos mentales es comparándolos con la imagen de un lago o un estanque -en este caso las aguas asumen, a manera de alegoría, una forma de expresión de la substancia que constituye al universo-. En ese lago, los pensamientos y los deseos son como las corrientes de aire[10] que producen ondas que perturban la superficie, provocando la manifestación de la experiencia fenomenológica, del mismo modo en que los clamores y las lágrimas de Narciso por su deseo irrumpían en la quietud del manantial diluyendo la imagen. Solo cuando Narciso se calma regresa su reflejo acompañado de silencio. Ante la quietud del pensamiento -el silencio autentico-, las ondas en el estanque se calman y cuando este está en absoluto reposo se convierte en un espejo que refleja los cielos sobre él, su imagen se transforma en la imagen de los cielos. "El espejo es la imagen más común del Alma del Mundo" -dice Patrick Harpur en su Fuego Secreto de los Filósofos-, "porque el espejo, por decirlo así, no es nada en sí mismo, sino sólo la suma de las imágenes que refleja".[III]

En el Zohar[11] se describe un ejemplo de ese lago de aguas plateadas que puede ser observado en la Tora y, que puede verse en el blanco del pergamino, la hoja o aquí mismo, en la luz de la pantalla. En este lago, la claridad de la luz es interrumpida ocasionalmente por las ondas del pensamiento que se manifiestan en palabras, escritas en color negro. Cuando aparece el silencio en el texto no queda más opción a la mente que callar la voz que lee y contemplar el vacío. Los afortunados tal vez encuentren en él un reflejo, o tal vez una reflexión, como le pasó a Narciso. Sin el silencio que separa las letras y las palabras, no hay sonido que exprese las ideas. El silencio es la música de las esferas.

El manantial y sus aguas, son una imagen de un espejo, pero no un espejo ordinario, aunque con características similares, es el espejo de Nuestro Arte, o Espejo de la Naturaleza -el que muestra la naturaleza desnuda, sin velos-. En el espejo la imagen se ve invertida, lo que evoca la idea de la inversión de la mirada y el pensamiento, de uno que mira afuera, a uno que mira adentro, de uno que mira abajo, a uno que mira hacia arriba, hacia los cielos.

Con qué infinito se habrá encontrado Narciso, qué cielos -que no son el cielo- habrá contemplado en la profundidad de la superficie de esas, sus aguas, que lo llevaron a tal desesperación, que lo invadieron de ese Amor -no un amor carnal-, que encendieron el fuego secreto de ese horno que acabó por consumirlo liberándolo de su carruaje terrenal.

Hay una carta del TAROT que corresponde a la idea de inversión, El Ahorcado. En esta carta, hay un hombre colgado, no del cuello, sino del pie y que, por lo tanto, se encuentra invertido. Su cabeza, suspendida, nos evoca la idea de un péndulo[12]Rodeando su cabeza hay un hueco en la tierra, un canal surcado por un rio cuya corriente, aunque invisible, sigue circulando por ahí, la cabeza está sumergida -suspendida- en esa agua invisible que se origina en la carta de La Sacerdotisa. Desde el punto de vista de la inversión, esta carta alude a la idea del espejo y, en consecuencia, a la noción de la naturaleza reflejada, es decir, la naturaleza, o la vida como imagen. Lo anterior apunta a que la experiencia fenomenológica es una ilusión creada, una imagen, lo que nos hace pensar en que la limitada experiencia humana, es apenas una interpretación parcial de algo mucho más extenso. Esto en últimas, nos hace reflexionar sobre la posibilidad de que la realidad y la experiencia humanas sean tan solo creaciones mentales, simples imágenes invertidas -maya-, "toda manifestación es sombra, o reflejo en las aguas de la vida, de una realidad superior, arquetípica espiritual y perfecta. Por ello, toda forma de belleza, en el plano físico, tiene su causa de manifestación divina"[IV]. Si nuestra experiencia física, fenomenológica es una imagen invertida de lo divino, entonces invertir esta experiencia -una doble inversión, o rebis-, como lo hizo Narciso, equivale a un retorno a la causa original. Esta inversión culminaría no solo en la experiencia contemplativa, sino que, eventualmente produciría en el individuo una subversión[13] definitiva de la esfera de lo humano a la esfera de lo divino y, finalmente, una trascendencia. En relación con esta trascendencia, comenta Platón en su mito de la caverna, a manera de símbolo que, al sacar al hombre desencadenado de la caverna... "Sus ojos deberán acostumbrarse poco a poco a esta región superior. Lo que más fácilmente verá al principio serán las sombras, después las imágenes de los hombres y de los demás objetos reflejadas en las aguas, y por último los objetos mismos. De ahí dirigirá sus miradas al cielo, y soportará más fácilmente la vista del cielo durante la noche, cuando contemple la luna y las estrellas, que durante el día el sol y su resplandor."

El Ahorcado está correspondido por la letra hebrea Mem, מ -una de las letras llamadas madre en hebreo-, cuyo nombre significa las aguas, sobre la que escribe P. F. Case en su Libro de los Signos lo siguiente: "Yo soy el agua de vida, el espejo mudo y oscuro de la sustancia que me refleja a mí mismo. Este es el seno de todos los seres. Inmutable, esta gran profundidad de Agua elemental permanece por siempre pura.[...]"[V]. Esa agua -a la que alude la Mem-, representada en varias cartas del TAROT y cuyo origen es el manto de La Sacerdotisa, es la misma que colma el manantial de Narciso, ambas tienen las mismas propiedades y naturaleza, no es un agua, sino Las Aguas, misma substancia primordial del génesis. Lo anterior me permite aventurarme a proponer la idea de que la orilla del manantial, espejo de Narciso, debía ser un círculo perfecto, jeroglífico empleado por los pitagóricos para expresar la idea del 0. "Si se os pregunta: ¿En qué consiste la naturaleza de la divinidad? Responded: En un círculo cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna"[VI]. Lo anterior, supone que en ese manantial Narciso contempló el Infinito, el Absoluto, en sí mismo. Así, la carta de El Ahorcado, que también está relacionada con el estado de Samadhi como se describe en las tradiciones de oriente, expresa además la idea del silencio -no el silencio de la boca sino como estado de suspensión de la mente- requerido para que se permita el reposo absoluto del agua -substancia del universo- que favorece la manifestación de la naturaleza divina reflejada en la superficie del manantial.

 
 
 
 
 
 

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En El Ahorcado, la cabeza[14] está suspendida, se encuentra en reposo, silenciada, e invertida. Esta inversión, alude no solo a los aspectos simbólicos que mencioné más arriba, sino también a la inversión de la perspectiva "humana" de la vida, el lugar desde donde se asume la existencia, incluyendo las necesidades, los instintos y las búsquedas. Esta última idea es expresada en la historia de Narciso a través de la aparente soberbia con la cual rechaza a sus enamorados, pero esto lo trataré más adelante.

El primer espejo de nuestra historia humana fue el agua, en él debió encontrarse por primera vez reflejado algún ancestro nuestro. Qué experiencia tan extraña ha de ser para un ser vivo descubrir su imagen, su eidolon[15], por primera vez y hacerse consciente del yo -que no se debe confundir con el sí mismo-, aquello que soy y que está separado de lo otro -lo que no soy-. Lacan, en su teoría del estadio en el espejo describe el proceso que sucede en los bebés cuando se perciben por primera vez. En él, el espejo -en este caso físico- cumple una función separadora, es decir que tiene un efecto en la construcción del yo, lo que pone al individuo en el plano de la dualidad. Previo al reconocimiento del yo en el espejo, el ser humano está unido al mundo, a su entorno, a todo lo que lo rodea, para él todo es una extensión de su consciencia, todo es uno. Al verse en el espejo, el individuo se reconoce como un yo, separado del mundo, un yo que corresponde a un cuerpo, sobre el cual tiene dominio, ese es el primer paso en la construcción del yo personal -el yo pequeño-, el ego, y la individualidad.

Las dos lunas que decoran la ropa del ahorcado evocan un aspecto alquímico importante referente a una noción conocida como corriente magnética lunar, la magnesia de los alquimistas. Esta idea es expresada en el mito de Narciso en la noción del reflejo en el manantial, que opera de forma analógica en el reflejo de la luz del sol sobre la superficie de la luna, esto, una vez más apunta a la idea de Narciso como un símbolo Solar.

Los espejos han sido indiscutiblemente tema de suma importancia en todas las tradiciones ancestrales, se les han atribuido funciones mágicas y metafísicas -en parte por eso hay una relación etimológica entre imagen y magia-. Sin embargo es importante distinguir entre la idea del espejo como objeto físico, material, y el espejo al que alude la historia de Narciso, un espejo de carácter esotérico y simbólico.

En los mysterios Órficos, hay una historia iniciática que cuenta que el nacimiento de Dionisio -hijo extramatrimonial de Zeus con Perséfone-, despertó una furia inmensa en Hera, quien, para vengarse de la infidelidad incestuosa de Zeus, instigó a los titanes para que asesinaran al recién nacido. Para llevar a cabo el plan, Hera entregó a los titanes unos juguetes brillantes para que pudieran atraerlo. Un trompo, una pelota, unos dados de diferentes formas, un juego de tabas y finalmente un espejo -todos objetos simbólicos-, fueron puestos a la vista del niño para que se acercara al alcance de los titanes, lejos de la seguridad de su padre. Al encontrar los juguetes, con absoluta inocencia se puso a jugar con ellos, todos le encantaban, pero su favorito era el espejo, tan pronto como Dionisio vio en el espejo su eidolón, la imagen de su imagen, quedó extasiado e inmóvil. Aprovechando la concentración del niño en el reflejo. Los titanes, que lo acechaban con las caras pintadas de blanco con yeso, le procuraron un durísimo golpe en la cabeza que lo mató instantáneamente, tan pronto como cayó muerto, lo desmembraron cortándolo en 7 partes, lo cocinaron en una olla que reposaba sobre un trípode, luego lo asaron, y finalmente lo devoraron, la imagen de un sacrificio.

En el tiempo que transcurrió mientras Dionisio se entretenía con los juguetes, Zeus notó la ausencia de su hijo y cuestionó a Hera enfurecido. Habiendo descubierto los planes de su esposa, se lanzó iracundo desatando una poderosa tormenta de rayos que provocó terror en los titanes que salieron huyendo, pero ya era demasiado tarde. Zeus escudriñó un largo rato, hasta que encontró aun intacto, entre los huesos y los pedazos de carne que quedaban, el corazón de Dionisio, el cual usó para resucitarlo, dando así lugar a su renacimiento.

Al leer estos relatos, es necesario tener presente que las historias narradas en ellos, lejos de representar hechos históricos, o primitivos intentos por entender la física natural, más bien buscan provocar en el iniciado estados que le permitan acceder a lo simbólico. El espejo es un objeto de especial importancia en este relato, y todo lo que sucede después de que Dionisio lo encuentra, debe ser entendido como consecuencia del proceso del encuentro con la imagen reflejada, dado que este es el símbolo que permite que todo suceda. En la tradición griega, Dionisio es una personificación del éxtasis religioso, aunque es visto -aun en la actualidad- entre los profanos como un alcohólico desordenado, entregado excesivamente a los placeres mundanos, opuesto de lo apolíneo, pero entre los iniciados, es entendido como una deidad solar, no opuesta, sino análoga o paralela a Apolo, que evoca principios altísimos, expresados a través del éxtasis. De entre los cuatro tipos de locura que describe Sócrates en el Fedro de Platón[16], la de Dionisio corresponde a la locura ritual. Luego de que Dionisio queda extasiado con su reflejo, los titanes lo matan, lo desmiembran, lo cocinan y lo devoran, estos cuatro hechos son profundamente evocativos de los que le sucedieron a Osiris antes de resucitar como su propio hijo en los mysterios egipcios, pero además, son cuatro operaciones muy significativas en la tradición alquímica -putrefacción, trituración, calcinación y digestión respectivamente-. Luego de ese proceso de "muerte y purificación", sucede la resurrección que se da a partir del corazón, el símbolo corporal más eminente de los mysterios.

Poniendo los mitos de Narciso y Dioniso lado a lado, con la intención de compararlos y, en relación con algunas de las nociones que evoca la carta de El Ahorcado, considero que, si bien ambas narraciones aluden a una idea de trascendencia, cada una expresa un estado meditativo diferente de la otra. La de Dionisio, alude al éxtasis, un tipo de experiencia religiosa que sucede por el arrebatamiento de adentro hacia afuera -señalado por el prefijo griego Ek (afuera) antepuesto a la raíz Sta (de ubicarse)-. es un arrebatamiento a partir de ese momento, definido como dionisiaco en los mysterios, similar al que sufrió el niño Ganimedes en su historia. La de Narciso por otro lado, es una experiencia que puede ser denominada como enstasis, es decir que va de afuera hacia adentro. Lo que lleva a Narciso a su experiencia centrípeta, es la falta de preparación para el encuentro con lo divino, esto es lo que la señala en mayor medida como una experiencia iniciática; es una experiencia individual, una especie de autoiniciación, que sucede en la soledad -evocada por la ninfa Eco en el relato de Ovidio-. La de Dionisio -una experiencia centrifuga-, va de adentro hacia afuera, porque lo que define los misterios de la locura dionisiaca es el éxtasis ritual y, por extensión religiosa, es un tipo de experiencia que vincula al otro en el aspecto social y colectivo del rito, por eso en su mito, Dionisio es sacrificado por un grupo de seres -los titanes-, que simbolizan la orden, la hermandad, o el grupo.

El espejo en que se ven Narciso y Dionisio tiene otro eco muy significativo, que es expresado, en el espejo de Venus -el signo astrológico de Venus -, objeto que constituye un género completo en la historia de la pintura. En la tradición ocultista se dice que el espejo de Venus es un espejo en el cual solo puede verse el deseo más profundo de quien observa. En todas las pinturas de este género aparece Venus mirándose en un espejo, todo lo que puede verse en ese espejo es el deseo, por eso la vemos a ella y ella, al ver en el espejo, solo se ve a sí misma. Venus es la idea del deseo, no un deseo específico, sino de El Deseo, que puede manifestarse subjetivamente en mil formas, mil apariencias, una para cada observador[17]. Este mismo espejo está simbolizado en el TAROT, en un espejo de cobre -el cobre de los alquimistas, metal atribuido al planeta Venus- que sostiene La Emperatriz. En ese arcano, el espejo -con forma de corazón-, que ya ha sido pulido, limpiado y blanqueado -Así pues, apréstate a blanquear a Latona (un nombre alquímico del cobre)-[VII], refleja con absoluta nitidez el espíritu.

 
 
Tocador de Venus, Rubens
Venus en el espejo, Tiziano
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3. The Empress

Venus, -que en este género pictórico representa a la venus lunar-, aparece desnuda, en oposición a como lo haría la Isis egipcia, -"Yo Isis, soy todo lo que ha sido, es y será. Ningún hombre mortal me ha desvelado jamás"-. Venus aparece sin tapujos, porque en ese espejo el deseo se muestra desvelado -lo que a veces hace más difícil asimilarlo-, todos los mantos que la rodean son rojos, -el color del deseo-. La desnudez no es una desnudez de cuerpo humano, sino una alegoría de la forma como el deseo se presenta al que mira la imagen en el espejo, porque lo único del mundo natural que puede ser literalmente desnudado, y por extensión usado como analogía de la desnudez en otras esferas, es el ser humano. El espejo usualmente es sostenido por el Amor -cupido, hijo de Venus-, lo que sirve para señalar directamente al amor de Narciso al ver su imagen en el manantial, y al éxtasis en el que cayó Dionisio al verse en su espejo de juguete. El error más común que podemos cometer al observar estas pinturas, es olvidar que lo que estamos viendo no es una persona, no es una mujer humana, corriente -aunque una mujer humana haya servido de modelo-, sino una divinidad, o un aspecto de la divinidad -más bien-, que entre otras cosas está consignado en las cualidades femeninas del cosmos. Es por eso que cualquier intento de politizar la pintura resulta fútil, cae ante la evidencia de que, quien lo politiza, es incapaz de ver más allá de las apariencias, y de acudir a lo alegórico.

 

El amor, no es exclusivamente un amor humano, cupido es una divinidad, y aunque una de sus encarnaciones es el amor mundano, esa es solo una forma de expresión de su naturaleza divina, sostiene el espejo pero no es reflejado en él, permite que se vea la imagen y la sostiene, siempre desde el otro lado, su presencia es la causa de manifestación de la imagen, pero no interviene en ella. La belleza de Venus no es la belleza femenina en el sentido humano, sino una belleza trascendental, lo que encarna es la belleza en estado puro, la belleza metafísica, platónica, que también se manifiesta aparentemente en las cosas del mundo. Su espejo la refleja mirándose, no es un espejo material, pero es un espejo verdadero que, dependiendo de qué tan pulido se encuentre, nos deja ver con menor o mayor nitidez aquello que refleja[18]. En ciertas condiciones, al reflejar los cielos, ese espejo deja ver aquello a lo que los alquimistas llamaron su Estrella.

Pues si la Virgen celestial es todavía llamada stella matutina, estrella de la mañana; si es posible contemplar en ella el esplendor de una señal divina; si el descubrimiento de esta fuente de gracias pone gozo en el corazón del artista, no es, empero, más que una simple imagen reflejada por el espejo de la Sabiduría.[VIII]

El espejo de Venus, es un símbolo que evoca por un lado la idea del espejo que despierta al "yo" personal, primera etapa de desenvolvimiento humano que puede ser entendido a través de lo que Lacan denomina el estadio en el espejo; y por otro lado la idea del otro espejo, el que despierta la consciencia, que da ignición a la etapa de desenvolvimiento espiritual por medio del refinamiento del deseo. Sobre este espejo Fulcanelli dice lo siguiente refiriéndose a un emblema alquímico tallado en la fachada de Notre Dame de Paris: "el Iniciador nos presenta un espejo en una mano, mientras sostiene con la otra el cuerno de Amaltea; a su lado, vemos el Árbol de Vida. El espejo simboliza el comienzo de la obra; el Árbol de Vida indica su final, y el cuerno de la abundancia, el resultado."[IX]

 
notre dame paris

En El Discípulo, que nos cuenta sobre lo que le sucedió al manantial luego de la muerte de Narciso, Oscar Wilde nos presenta una imagen muy bella, un juego de miradas-especulares que evocan la imagen del infinito que se produce cuando ponemos un espejo frente a otro. En ese juego de miradas se manifiesta el infinito inefable, profundo, visible, pero solo por la imagen mediante. En la imagen aparece la idea de la divinidad que se ve a sí misma mirándose en su mirada que se contempla y, que expresa de forma suscitada, la idea de un lazo invisible y silencioso de interdependencia entre el individuo y su entorno. Hasta ahora, siempre ha aparecido el lago como un objeto inerte, carente de vida o personalidad, un espejo que nos sirve como herramienta, del mismo modo en que pensamos en la naturaleza como algo mecánico, que está a disposición y servicio humanos -esto a causa de la mirada antropocéntrica y mecanicista que caracteriza a la racionalidad contemporánea-. Sin embargo, Wilde, al dotarlo de estas cualidades, nos pone a la naturaleza en un lugar equivalente al de Narciso y nos hace pensar con mayor detenimiento sobre la idea del Espejo de la Naturaleza, que en última instancia, no es más que el individuo, o mejor, su alma manifestada en las niñas de los ojos. Por eso dice el proverbio popular que los ojos son el espejo del alma, ahora el humano sirve a la naturaleza para que esta pueda verse a sí misma"Dios, dice Boheme, es realmente inimaginable en sí mismo, un "abismo sin fondo", que, sin embargo, quiere manifestarse, como si Dios deseara conocerse a Sí Mismo. En realidad la Divinidad viene a conocerse a Sí Mísma, y para ello engendra un "espejo" en el que se refleja y por el que alcanza la conciencia de Sí. El espejo es la sabiduría, el principio de toda manifestación de la Divinidad inefable y no manifiesta, y también la esencia de la Imaginación Divina".[X]

 

En la pintura de Venus, no vemos a Venus, sino su reflejo, la vemos invertida, y su imagen es inseparable del objeto que nos permite verla, Venus y su espejo son una sola cosa, la imagen del deseo. En el relato de Wilde, Narciso sirve al manantial como espejo, el manantial se ve reflejado en las pupilas, como espejos de obsidiana de Narciso y, en esa superficie encuentra la profundidad de su propia belleza. El encuentro del manantial con su reflejo es análogo a la experiencia de Narciso, a tal punto en que su muerte lo lleva a la más profunda melancolía y, a convertirse en un agua de lágrimas saladas. Lo que sugiere esta imagen es muy bello, al suspender la mente, en medio del silencio, el pequeño "yo" es trascendido y se transforma él mismo en espejo de la naturaleza, el pequeño "yo" refleja la naturaleza divina en el mundo, se convierte en un centro de expresión de aquello, del verdadero "Yo"Ahora Narciso refleja La Naturaleza, ya no actúa en función del ego y sus necesidades ilusorias, sino que se convierte en canal de una naturaleza más elevada, como el manantial que refleja los cielos, ahora sus ojos reflejan los cielos a la naturaleza

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El amor

 

En el amor encontramos la tercera clave del relato, recordemos que en la tradición pictórica de Venus en el espejo, siempre es el Amor quien sostiene el espejo. Se dice que Narciso rechazaba con soberbia a todo quien lo amara, pero... ¿habrá sido realmente soberbia?

Cualquier persona que caiga en el encanto de otra, al pretenderla y ser rechazada afirmará con toda seguridad que fue por soberbia, más por la humillación que deriva del rechazo que por cualquier otra cosa. Pero no necesariamente quien rechaza lo hace por ese motivo, existen mil razones por las que alguien puede no sentir afinidad amorosa hacia otra persona.

Narciso no rechazaba solo a unas personas, ni solo a unas criaturas mitológicas, ni solo a unas flores, él no escogía a unas sobre otras, no mostraba preferencia por motivos físicos, económicos, o espirituales, rechazaba a todo aquel que lo pretendiera por obsesión, a todo aquél que quisiera poseerlo por su belleza, lo que descarta la soberbia como motivo del rechazo. ¿acaso no es esa la marca de los que renuncian a las pasiones terrenales? Los monjes, los ascetas, los sadhus, los ermitaños, los místicos, los santos, todos renuncian a comer del fruto del árbol del bien y del mal, a la búsqueda de los placeres mundanos[19], porque todos buscan alimentarse del árbol de la vida -aquél que Fulcanelli describe como el fin de la Gran Obra- y, eventualmente, encontrar el camino de retorno a la unidad. Todos ellos invierten su perspectiva de la vida y su conducta, la transforman en algo aparentemente opuesto de lo que se esperaría de un humano común y corriente.

El ser humano corriente busca fama, satisfacción física y emocional, placer, riqueza, comodidad, o a veces sencillamente la supervivencia, el mystico no. Y no es que el mystico se sienta superior, ni que se oponga a esas búsquedas, porque eso implicaría un antagonismo o una dualidad, sencillamente no las necesita, le son indiferentes porque no son su propósito y por eso es visto muchas veces como Loco.

"Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!
—¡carne triste y espíritu villano!—.
No fue por una trágica amargura
esta alma errante desgajada y rota;
purga un pecado ajeno: la cordura,
la terrible cordura del idiota."
[XI]

 

La letra Mem que, como ya lo mencioné previamente, corresponde al ahorcado, es una letra muda, silenciosa, que se expresa fonéticamente de forma desapercibida, como los mysticos atraviesan la vida carnal, sin llamar la atención. El mystico reconoce que las necesidades humanas son solo ilusiones y prefiere no alimentarlas, su mirada está puesta en las alturas reflejadas en el estanque. El amor que anhela no es el amor carnal ni la satisfacción del deseo sexual, sino el Amor, puro y trascendental, el mismo que sostiene el espejo de Venus.

Al encontrarse frente a ese reflejo en el manantial, Narciso cae rendido, no ante un amor físico o carnal, sino ante aquel mysterio que encuentra en sí mismo, desea poseerlo pero no puede porque es más grande que él, es inabarcable. 

Lo que pasó a Narciso, igual que a Acteón y muchos otros personajes en las Metamorfosis de Ovidio, fue que terminó transformado y "muerto" a causa de un encuentro inesperado y sin preparación con la divinidad. Narciso no estaba preparado para ver la luz, ni para reflejar la naturaleza divina y terminó quemado a causa del fuego secreto, como una polilla que, habiéndose acercado demasiado a la luz, termina sufriendo un destino similar. Para poder experimentar la luz en estado puro, es necesario llevar a cabo un proceso -un entrenamiento si se quiere-, mediante el cual el individuo se acostumbra progresivamente a mayores cantidades de luz, cada vez más pura. 

La más significativo del espejo de Narciso se encuentra en la combinación de su dimensión moral con su dimensión simbólica. Si el individuo no logra trascender la mirada de lo simplemente aparente, se pierde en la ilusión de la imagen y no logra entrar al orden simbólico, lo que parece ser un diagnóstico sintomático del estado de las sociedades contemporáneas.

Cansado y sediento de cazar,

veo entre los árboles el plateado resplandor de un  estanque prístino,

con una fuerza magnética me hala hacia su orilla.

Ya en el borde, me inclino inocente sobre sus aguas para beber.

Pronto a sumergir la mano me detengo aturdido ante tal pureza.

 

De la profundidad emerge hacia la superficie

cual anzuelo con cebo mi reflejo.

Me acerco hipnotizado por su encanto,

sus movimientos más graciosos y naturales,

sus colores más vivos,

su vida más viva que la mía.

Enardecido de amor me lanzo a atraparlo,

¿Quién pesca al otro lado? 

Demasiado tarde intento alejarme,

ya no hay escapatoria.

Me invade un miedo abrupto y lucho por huir, peleo,

angustiado intento liberarme,

entierro mis dedos en la tierra y me sujeto como puedo de las raíces,

alzo la mirada a la distancia y veo un arbol que,

imponente me observa en silencio compasivo,

con mis ojos me aferro a él...

todo es fútil.

Agotado...

me entrego... 

Dejo de luchar, ya no siento miedo.

El sedal se recoge y me arrastra lento al interior del estanque.

 

Al caer en las aguas no hay salpicadura,

mis colores se desvanecen, mi carne se diluye,

mi imagen desaparece, ya no hay apariencia.

 

Lo que queda de mí se sumerge y se funde con las aguas,

el estanque ahora es un oceano.

Lento me disuelvo, ya no hay agua, y no hay Narciso, ni reflejo de Narciso,

solo una extensa levedad, cálida y eterna luz.

Notas

 

[1] La naturaleza triple consiste en que los símbolos tienen 3 dimensiones o naturalezas, de las cuales dos tienen una extensión interpretativa ilimitada. La primera dimensión, la exotérica -del griego exo concerniente a lo de afuera-, donde habita la moraleja, es la física, relacionada con la razón; la segunda, esotérica -del griego eso concerniente a lo de adentro, lo interior-, donde habita el conocimiento, es sutil, y se dirige a la emoción; y la tercera, trascendental o espiritual, es la que concierne al alma. Solo en la primera dimensión puede comunicarse verbalmente un entendimiento sintáctico y descriptible del símbolo, entendible de forma racional. En las otras dos dimensiones, el significado del símbolo no puede ser racionalizado y por lo tanto es imposible comunicarlo más que por la experiencia. Es por esto que cuando los textos (como este) tratan sobre la segunda y tercera naturaleza del símbolo, pueden parecer aun más crípticos que los símbolos que se tratan en ellos.

[2] Me atribuyo el uso de la "y" en vez de la "i" en la palabra mystérica, de su origen etimológico griego μυστήριον -mystērion-, derivada de μύστής -mystes- (iniciado), originado en μῡ́ω -myo-, que significa cerrar -usualmente los ojos o los labios-, acto que alude al silencio. Me parece importante retomar la aplicación de la "y" por dos motivos: el primero, tiene que ver con el simbolismo esotérico de la letra "Y" y su relación con el Rebis, la conjunción de dos principios, evocado a través de la carta de El Hierofante en el TAROT, su relación con el Yugo y, su aplicación en el lenguaje, que cumple la misma función unificadora de un "clavo" -función que entre otras cosas es atribuida a los mysterios- (por ejemplo: el perro Y el gato). El segundo motivo es resaltar el uso -en mi texto-, de esta palabra en su sentido original que dista un poco de la aplicación contemporánea. En la actualidad, la palabra puede referirse a algo que es inexplicable en términos científicos, como un fenómeno sobrenatural -P.ej. fantasmas y monstruos-. El sentido en el cual busco se entienda, es en relación con las tradiciones mistéricas ancestrales, tradiciones de carácter iniciático que transmiten el conocimiento de forma directa, a través de la experiencia individual, y no por medio de teoría y moraleja. En el caso de las tradiciones mistéricas, la noción de lo inexplicable, alude a la experiencia, aquello es inexplicable en tanto que es intraducible al lenguaje, el Gran Mysterio.

[3] No está de más aclarar que las palabras profano pronaos tienen un significado equivalente, ambos se refieren a aquello que se encuentra en frente o afuera (pro), del templo (fanum en anglo-romano y naos en griego), o en su defecto, de lo sagrado.

[4] La palabra confrontación deriva de las raíces latinas Con, una acción comparativa, de poner uno en contraste con otro como acción de discernimiento, y Frons, frente: el uno que se pone frente al otro. Esto es la confrontación, como acto de discernimiento analítico. En este caso me parece muy valioso rescatar también el sentido de lucha o batalla inherente en la idea de confrontación, porque en cierta medida, la confrontación con el ego -el reflejo- es una batalla sin victoria.

 

[5] La etimología de la palabra análisis es muy bella y me parece que resulta muy significativa en este texto sobre Narciso. Análisis, de las raíces griegas ανά, ana, que significa de abajo a arriba, en contra, hacia atrás -lo que sugiere a un desplazamiento de retorno-; y λυσις, lysis, que significa disolución. Esta última está conformada por las raíces λυειν, lyein, soltar, y σις, sys, acción, lo que puede traducir literalmente la acción de soltar. En el caso concreto del mito de Narciso, la disolución puede ser entendida como la acción de soltar -el ego-: las creencias, las ideas, los dogmas, los prejuicios-, dejar de aferrarse a la idea que uno tiene de sí mismo.

 

[6] En el TAROT, el Discernimiento es expresado en la carta numero 6, Los Amantes, que corresponde a la letra Zain, una espada. La espada es un objeto que corta, separa la unidad en dos, lo que permite diferenciar las partes para poder analizar y comprender la unidad por el contraste de sus componentes.

[7] Me parece importante que se entienda la palabra Muerte, no en el sentido radical que se le otorga usualmente, como un fin absoluto, sino más en el sentido de mutabilidad. Al morir un ser vivo, el cuerpo se transforma en alimento para otros seres vivos, en energía vital que nutre otros procesos en la cadena de interdependencia, "la energía no se destruye, solo se recicla". En este sentido, la muerte del ego, no es el fin del ego, sino una integración a manera de nutrimento para el proceso de desarrollo espiritual. Eventualmente, con la disolución del ego, habría un cese en la identificación con los fenómenos, y por lo tanto no habría un si mismo que pudiera diferenciarse del todo, pero la substancia potencial seguiría en latencia como una entidad individa, "vacía"

[8]La palabra símbolo y todas sus extensiones, vienen del griego σύμβoλoν               

-symbolon-, originalmente un objeto que se partía en 2 mitades conservadas cada una por individuos diferentes y, que al ser reunido, permitía a los portadores reconocer deberes o deudas. Así, la palabra símbolo, constituye un significado similar al de religión, en su sentido original, el de re-ligar, re-unir, una parte con otra -lo mundano con lo divino-. En el caso de la experiencia simbólica, se trata de un tipo de experiencia trascendental, inefable, interior. Por lo que el objeto -símbolo que lleva a la experiencia- constituye un puente de comunión con lo divino, un objeto que, por medio de la experiencia, reúne al individuo con lo divino. Donde había dos partes, ahora hay una indiferenciada... la experiencia simbólica es el retorno de la dualidad a la unidad.

 

[9] Para los pitagóricos, los 4 elementos tenían su correspondencia con los 4 cuerpos: la tierra elemental con el soma -cuerpo físico-, el agua elemental con el eidolon -el doble astral- (esto es muy significativo en el contexto del relato de narciso), el fuego elemental con el pirós -espíritu o cuerpo espiritual, constituido de amor divino-, y el aire elemental con el nous -cuerpo mental-, estas equivalencias se han mantenido en las tradiciones esotéricas hasta nuestro tiempo.

 

[10] Me parece importante hacer una salvedad respecto a la idea del si mismo y su relación con lo divino y con el retorno a la unidad, esto con la intención de proteger este concepto de un mal uso. En la actualidad, debido a la inmensa fuerza que ha tomado el New Age y su mal interpretación de muchos conceptos ancestrales, se han llegado a emplear con mucha frecuencia, a manera de autoafirmaciones los términos "soy un ser divino" o "somos dioses en cuerpos humanos" o incluso "reconozco la divinidad que habita en mi", entre muchas otras. Estas afirmaciones son erradas desde el punto de vista no dualista que implica la idea de divinidad. Según las corrientes de pensamiento que han protegido su conocimiento de malinterpretaciones, no puede existir un ego que se defina como divino, porque la misma idea de un algo que se diferencia de la otredad -el yo (algo) que se reconoce como divinidad (lo otro)-, es dualidad y la dualidad es precisamente lo que separa al ser de la causa primigenia. Este tipo de frases suelen ser empleadas en la actualidad como "formulas" que buscan alzar el autoestima de quien las expresa y terminan, con mucha frecuencia, siendo empleadas como medios de enaltecimiento del ego -que es precisamente lo que debe "morir" o diluirse-. La idea de divinidad no puede expresarse como un medio de adquisición de poder o de supremacía individual de ningún tipo, porque eso es una negación de lo que es su esencia como principio. Por eso Narciso debe morir, él cesa de existir porque se funde con la divinidad, de otra forma termina sumido en un delirio narcisista. Desde la perspectiva no dualista que es necesaria en el entendimiento del individuo como divinidad, la noción de individuo cesa de existir tan pronto como se reconoce la divinidad en este, por lo tanto, no puede haber un individuo que afirme que es la divinidad o que la divinidad habita en él.

[11] El Zohar, un libro escrito por Rabi Shimon Bar Iojai, escrito originalmente en arameo, es un comentario dedicado a descifrar la Tora, es descrito como la luz o espíritu -Zohar- del cuerpo -Tora-. La palabra Zohar traduce literalmente "el Esplendor"

[12] En francés el ahorcado se llama Le Pendu

[13] El sentido que doy a la idea de subvertir dista significativamente del significado que se le atribuye en la actualidad sociopolítica. Desde mi punto de vista, la palabra subversión, tiene que ver con un giro de 180º -reflejo- en el orden establecido, pero, no de forma violenta, como se aplica en los movimientos de revolución contemporáneos. En la palabra subversión está implícito el hecho de que ese cambio debe darse de forma silenciosa, oculto, desapercibido. Sub, que alude a lo de abajo, en este caso sería aplicado en el sentido de, por debajo de la superficie, como los eventos que transcurren bajo el agua -submarinos-, que son indetectables desde la superficie. Así mismo, el prefijo sub alude a un cambio -Versión-, que sucede desde abajo, o de forma sutil.

[14] Me parece importante destacar la relación de la cabeza, que en hebreo lleva el nombre de la letra Rosh, ר con la carta del tarot 19, El Sol.

[15] Eidolon, del griego εἴδωλον, es el origen etimológico de la palabra ídolo en su sentido religioso, es una imagen, un doble, una aparición. En este texto alude a la idea de la imagen como reflejo, que constituye una dimensión diferente de la que origina el reflejo. Resulta interesante rescatar la relación de la imagen física con la noción de ídolo e idolatría, que es precisamente aquello de lo que se ocupa la dimensión moral del mito de Narciso. Hay que tener cuidado de no idolatrar la imagen, el eidolón -ídolo-, y procurar descubrir lo que habita en ella. El ídolo, o la imagen de la divinidad, debe ser un medio y no un fin.

 

[16] Los cuatro tipos de locura Platónica son: La apolínea -concedida por Apolo-, un tipo de locura profética; la afrodisiaca o erótica -concedida por Afrodita o su hijo (según la fuente) Eros-; la dionisiaca -concedida por Dionisio-, que es la locura ritual; y la inspiración -concedida por las Musas-, que es la locura poética. (Fedro)

[17] Este mismo concepto es tratado en la cultura popular contemporánea en dos elementos muy significativos. El espejo de Oesed (al revés Deseo) que aparece en Harry Potter y la Piedra Filosofal, un espejo que tiene grabada la siguiente frase: "Erised stra ehru oyt ube cafru oyt on wohsi", una frase en ingles invertida que dice "I show not your face but your heart's Desire", no muestro tu cara sino el deseo de tu corazón. El otro objeto es la brújula de Jack Sparrow de piratas del caribe, una brújula que no apunta hacia el norte del mundo, sino hace al norte subjetivo, hacia la dirección en la cual se encuentra el deseo de quien la sostiene.

[18] En un sentido esotérico, su función, similar a la de la brújula del pirata Jack Sparrow, que no apunta al norte magnético del mundo, tiene una relación con Nuestra Magnesia

[19] Del mundo cotidiano

Notas bibliográficas

[I] A lo largo del texto estoy utilizando siempre la edición y traducción de Vicente López Soto de editorial BRUGUERA, 1979

[II] Brihadaranyaka Upanishad 1.4.10

[III] El Fuego Secreto de los Filósofos, Patrick Harpur, ed. ATALANTA, 2010.

[IV] El Fuego Secreto de los Filósofos, Patrick Harpur, ed. ATALANTA, 2010.

[V] El Libro de los Signos, P. F. Case, B. O. T. A. 2000

[VI] Timeo de Platón, el texto con mayor influencia pitagórica de Platon

[VII] La Fuga de Atalanta, Michael Maier, S. XVII

[VIII] Fulcanelli, El misterio de las catedrales, Plaza y Janes, 1970

[IX] Fulcanelli, El misterio de las catedrales, Plaza y Janes, 1970

[X] El Fuego Secreto de los Filósofos, Patrick Harpur, ed. ATALANTA, 2010.

[XI] Extracto de Un Loco, de Antonio Machado

 
 
 
 
 
 
 

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