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0

 

En el principio Todo es Nwn,
Oscuridad que no es noche, kaos, vacío...
Abismales aguas primordiales, sin límite ni dirección,

Nwn es los 8,

Nwn, Nwnt... Heh, Hauht... Kuk, Kaukt... Imn, Imnt

Las almas de Dhwty
𓅞
Nwn es Todo
y Todo es Nada.
Y sobre Nwn,
vuela el gran espíritu, Ntjr.

1

Ahora sucede Zp Tpi, la primera ocasión...
De las aguas surge Bnbn, el monte primordial.
Y sobre Bnbn se posa el gran espíritu divino, Ntjr, el 1

𓊹
Desde ahí crea...

Yo soy, oh, el poderoso Pth quien concibe el mundo con

la intuición Sia, de su corazón ib

y da vida anj a través de la magia Hka, de su palabra Hu.

2

Yo soy Nwn, 0, la cosa única. En Nwn es donde yo, Itmu, Re, Hpri, 1,
vine a existir, en la gran ocasión de mi vuelo,
cuando vine a ser, sobre el sagrado loto azul ssn,

que crece de las profundas aguas oscuras, y se abre con mi resplandor solar.
Yo soy quien es su propia semilla, Yo soy quien es su propio huevo,

principio y fin.

3

Yo soy Ntjr el que se posa en Bnbn sobre Nwn.
Yo soy quien, con mi poder, traigo mi poder a la existencia.
Yo soy quien me crea y me da forma con mi voluntad

y acorde a mi deseo.

4

De mí, 1 que vine a existir sobre Bnbn, emanan 8:

2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9.
Juntos somos 9:

Itmu, Shu, Tfnwt... Nwt, Gbb... Aset, Wsjr, Nbet-het, Sutj.
Juntos creamos y disponemos Maat, ley de origen, ley universal, ley divina.

Juntos ascendemos a 10.

Mientras recorría con la mirada desprevenida los muros saturados de bajorrelieves jeroglíficos del templo solar de Edfu, me encontré, en la parte superior de una de las paredes de los pasillos exteriores, con una imagen de la diosa Isis amamantando a su hijo en sus piernas. Esta fue una de las pocas imágenes en relativamente buen estado que pude ver del pequeño Heru Pa Kraat, el niño Horus, siendo amamantado por su madre. Desde el torso de la imagen de Isis, justo debajo de sus senos descubiertos descendía ondulante un velo, una delgada capa de pintura azul que definía el contorno de su cuerpo hasta sus tobillos. Tan pronto como vi la imagen quedé absorto en ella: me resultaba en extremo familiar. Estuve mirándola un largo rato en silencio, y sin importar a donde dirigiera la mirada esta siempre era halada hacia el velo de Isis. Decidí concentrarme en él, y mientras contemplaba con toda mi atención la delgada capa de pintura azul, empecé a notar que la superficie se abría y se hacía cada vez más amplia y profunda, me rodeaba y me abrazaba. Poco a poco los sonidos de las golondrinas que anidaban en los huecos y las fisuras de los muros se empezaron a hacer lejanos. Los que antes eran cantos agudos y claros se hicieron cada vez más opacos, tapados, hasta que desaparecieron por completo. Me encontré solo, en completo silencio. La voz de mi mente se apagó por completo. Me sentí sin peso, sin gravedad, ligero; sentía que estaba sumergido en una especie de líquido azul, pero sin cuerpo. Mi respiración era muy larga y no podía diferenciar entre las inhalaciones y las exhalaciones. Estuve ahí un tiempo eterno. Luego empecé a sentir que mi corazón palpitaba muy fuerte; lentamente recobré la sensación de mi cuerpo y el pálpito se empezó a extender hacia mis extremidades: lo sentía en los pies y en las manos, en la boca del estómago, en el pecho, en las sienes, pero especialmente en los ojos -sentía que se me iban a salir de las cuencas: podía ver el pálpito. Poco a poco el amarillo ocre característico de las piedras de los templos empezó a invadir el azul que me había rodeado hasta ese momento, y no supe en qué instante noté que seguía ahí parado frente al muro donde había encontrado a Isis.

 

El color azul ha sido empleado a lo largo de la historia para representar, entre otras cosas, al manto que cubre a las formas arquetipales de la gran madre universal. En todas partes, desde la diosa Hathor egipcia y los techos astrológicos de su templo en Dendera, hasta la ropa de la Virgen María, el manto se ha conservado del mismo color. Esto se debe a la relación que tiene con el cielo, donde todos los días nace y muere el dios Sol y, con el agua como substancia primigenia, donde el espíritu solar lleva a cabo el acto de creación del cosmos. En la antigüedad el cielo y el agua estaban intrínsecamente relacionados como dos partes de una misma cosa, como aspectos que se evocaban uno al otro, aunque podían manifestar eventos y circunstancias diferentes. Para las tradiciones ancestrales con estructura de pensamiento simbólica, todas las aguas en las pinturas -sin importar si eran representaciones de lugares geográficos como ríos o lagos, o de espacios alegóricos y mitológicos- estaban asociadas, por simbolismo, a las aguas abismales y caóticas donde se da el génesis en todas las cosmogonías, puesto que todas las aguas -físicas o metafóricas- tienen su origen en el Agua. Así mismo, el cielo pintado, aunque representara con su sol o sus estrellas al cielo físico circundante de nuestra tierra, era equivalente por analogía a la noción más profunda y sagrada del cielo como espacio metafísico. Este pensamiento analógico sucedía tanto en las manifestaciones pictóricas como en lo más cotidiano de la experiencia sensible del mundo natural. De tal manera que el cielo físico, aquel que podemos observar al mirar por la ventana, era en sí mismo una manifestación simbólica del cielo metafísico, una versión microcósmica de la idea del cielo como espacio mitológico. Así, el cielo pintado era equivalente en contenido y potencial simbólico al cielo físico en tanto que ambos eran manifestaciones de la idea de los cielos. El azul -con esta noción de los cielos y las aguas- es, para el entendimiento del pensamiento ancestral, un símbolo de lo que en otras palabras podríamos llamar la substancia primordial en la que se manifiesta el universo fenomenológico, aquello que, a nivel preconceptual, es la substancia que constituye al todo: prakriti , o el «0» pitagórico; un contenedor que está unido en substancia a su contenido. Así, el azul es en esencia un color que manifiesta el concepto de lo primordial y el principio del huevo -aun constituido de diferentes partes ninguna puede ser considerada como «no-huevo»-: en él está dado todo lo necesario para la creación. Por otra parte, el azul es también un color evocador de atributos como la pureza, lo infinito y lo inconmensurable.
 

En el antiguo Khmt (Egipto - la tierra negra) el pigmento azul tenía su uso reservado para las paredes de los templos y las tumbas, y siempre debía ser usado puro, sin mezclarlo con otros pigmentos. En los templos y las tumbas el azul era empleado especialmente para representar las aguas, los cielos y todo lo que evocaban. El concepto de la materia como agua primordial recibía en Khmt el nombre de Nwn, que era la causa, el contenido -y por extensión la consecuencia- del universo, es decir, aquello que lo constituye en su estado en potencia. Esta idea de las aguas primordiales -que operan como analogía material y no en el sentido de agua elemental- es común a todos los mitos de la creación del universo y ha recibido diversos nombres en la historia: Tiamat, Shuniata, Danu, Kaos, Tehom, Tohu wa bohu, Abismo o Vacío (void), Ginungagap, Hylé, Mar de los sabios, Aguas filosofales o mercuriales, Apeirón, Arché, Wuji, Aluna Java, Posibilidad, Susceptibilidad de ser, entre muchos otros. En la tradición Kogui de la Sierra Nevada hallamos una narración como la del Mamo Luis: «En un comienzo todo era mar, oscuridad y pensamiento... de ahí nació la tierra para que pudiéramos mantener nuestra semilla. El mar es nuestra madre, nos dio la vida. Aluna Java es la madre del pensamiento, el pensamiento es el origen de todo ser. El mar nos dio vida a todos nosotros... por eso desde los picos nevados volvemos al mar, para nutrirnos de él».


Desde un punto de vista no histórico, sino experiencial, este «génesis» como fenómeno en la substancia primigenia, que se transmuta en forma y materia sensibles, se actualiza en el presente continuo de la consciencia. Materialmente la substancia en estado preconceptual puede ser imaginada como algo que lo es Todo y, que al no estar separado, es Nada simultáneamente. Dicha substancia es vacuidad, energía en potencia, porque al ser Todo inseparado carece de algo que pueda percibirlo y por lo tanto no existe como fenómeno conceptualizable. En términos de un proceso de la consciencia dicha substancia en potencia se transforma en el presente continuo con la aparición del espíritu o la consciencia, la unidad o el 1, de donde deriva la «gran polaridad» -el 2-, aquello que percibe y aquello que es percibido. Es ahí donde se separan consciencia y substancia potencial que se transmuta en materia aplicable. La consciencia y la substancia primordial son una y la misma cosa, pero la separación aparente hace que, por medio de la conceptualización de la experiencia fenomenológica, se perciban como separadas. Tan pronto como la consciencia percibe dicha substancia, esta adopta una forma por el efecto modelador del concepto que interpreta la experiencia. La relación con el agua material tiene mucho que ver con el hecho de que la substancia carece de forma inherente, y por la capacidad que tiene para adoptar cualquier forma que le sea impuesta por un contenedor. El espíritu, encarnado en la consciencia, es el que se encarga de aplicar un contenedor a esa potencia a través del pensamiento y manifestarla por medio de la palabra (logos) en las infinitas formas. La palabra que conceptualiza la experiencia en estado puro es la que se encarga de mediar y, por extensión, de separarnos del mundo: nuestra experiencia del universo es una interpretación conceptual del todo. Una mesa es una mesa solo porque podemos nombrarla. En el nivel más profundo, la substancia que compone al universo, a nosotros y las cosas, es una y la misma.

Originalmente Nwn era un concepto que carecía de género aunque se le asignaban atributos femeninos relacionados con la maternidad -incluso por ser relacionada con la diosa Mwt que en egipcio significa literalmente «madre»-, por el hecho de que en su mito ella dio partogénesis al mundo de forma asexual. Sin embargo, Nwn en realidad era un principio hermafrodita por las características autogenerativas que le caracterizaban.

Con el paso del tiempo, Nwn adquirió una especie de identidad masculina, pero nunca podía separarse de su contraparte femenina Nwnt. La palabra Nwn, al igual que Nwnt, era escrita con una sílaba esencial Nw, expresada en la imagen de un cántaro esférico tres veces, acompañado de Pt -el cielo-, y Mw -el agua- . Esos mismos «cántaro» y «cielo», junto con el determinativo femenino t -un pan-, eran empleados para manifestar también el nombre de Nwt, que era el cielo, como una deidad femenina, la madre celestial, madre del Sol. La sílaba Nw, empleada en estos dos conceptos, era además utilizada en el nombre del Bnnw, la garza del Nilo, que combinaba la sílaba Bn -un pie parado sobre el agua-, con la que se designaba al Bnbn MM 𓉴 del génesis, y el cántaro, Nw. Bnnw era una de las pocas aves que los egipcios coloreaban de azul en sus pinturas murales, y tenía un estatus sagrado en la tradición mitológica egipcia donde era considerado un pájaro solar. El Bnnw fue el pájaro originario del mito del Fénix, asociado a la muerte y al renacimiento, a los ciclos de sequía y crecida del Nilo, a la auto-creación, a la regeneración, y especialmente al tiempo y su efecto transformador.


Lo que resulta más interesante de estas relaciones es que el cántaro de agua que figura en la palabra jeroglífica de estos conceptos era además símbolo de la bola de estiércol del escarabajo pelotero, el lugar donde depositaba sus huevos y de donde nacían sus crías. Para los egipcios la bola de estiércol del escarabajo pelotero servía como analogía para entender la idea de las aguas primordiales. En ella, la hembra del escarabajo depositaba sus huevos para que se gestaran de forma natural con el calor de la fermentación y la humedad del estiércol, permitiendo el nacimiento de las larvas que se alimentaban en su primera etapa del material de la bola. Así, en la bola, que contenía en conjunto los cinco elementos -agua o humedad, fuego o calor (por la fermentación), tierra (en el material orgánico), aire, y el espíritu que era el escarabajo que depositaba su semilla en la bola- se encontraba todo lo necesario para la gestación y la nutrición de las larvas: era en sí una manifestación simbólica del huevo cósmico.


El escarabajo pelotero, que era visto en Khmt como un símbolo solar, tenía un lugar muy especial en el panteón egipcio. Hpri (Jepri) -«el que se crea a sí mismo»-, era el Ntjr (deidad) escarabajo, era el «portador del Sol del amanecer», y solía ser tallado en piedra azul, de lapislázuli. Su nombre era empleado para expresar la idea de manifestación. El escarabajo era también reconocido como un símbolo de la resurrección por la forma como realizaba su proceso reproductivo que sucedía bajo tierra en cámaras excavadas por el macho, donde colocaba las bolas de estiércol y de donde emergía, ya desarrollado, el hijo como una imagen resucitada del padre: una dramatización natural del mito de Wsir (Osiris). Este proceso era emulado en el embalsamamiento y sepultura que los egipcios realizaban a sus muertos. Es por este motivo que los egipcios relacionaron a Hpri con Re (Ra), con Itmu (Atum), y con la idea de auto-manifestación, además de la resurrección, y el concepto de impermanencia; y, asimismo, a su bola de estiércol con el disco solar que a diario nacía y moría en un eterno ciclo de regeneración.


En lo concerniente a los dioses egipcios, y en general a lo relativo a la noción de divinidad en las tradiciones ancestrales, es importante aclarar un hecho que ha sido malinterpretado históricamente. Cuando nos acercamos a las cosmogonías ancestrales partiendo de la estructura de pensamiento cientificista occidental usualmente tendemos a pensar que esas tradiciones, por motivos de ingenuidad, son politeístas o adoradoras de animales, e incluso que sus mitos cumplen la función de explicar -a manera de teoría científica «infantil» o primitiva-, los fenómenos naturales. Esta idea equivocada de la ancestralidad se origina en el sesgo del evolucionismo social que, por motivos coloniales, nos ha hecho pensar el desarrollo humano cronológicamente como una evolución lineal ascendente en función del desarrollo materialista, y no del desarrollo de la consciencia. Ante este sesgo, valdría la pena detenernos un momento en la idea del politeísmo.


En todas las sociedades ancestrales existen tradiciones de carácter esotérico e iniciático que conservan y atestiguan desde tiempos antiguos un conocimiento compartido de una noción monádica de la divinidad que, a manera de consciencia etérea absoluta, constituye la causa y la substancia del universo. De esa mónada ilimitada, inconmensurable e incognoscible, emanan -de forma atomizada- diversos aspectos o cualidades de la divinidad a las cuales se atribuyen nombres y formas. Así, aquello a lo que nosotros denominamos dioses de las tradiciones ancestrales puede ser entendido mejor en el sentido de aspectos de la divinidad, de tal manera que cada dios es en realidad una cualidad de la mónada encarnada en un símbolo antropo o zoomórfico, que hace de dicho aspecto algo cognoscible. Si bien estos aspectos son universales a manera de procesos cósmicos, también es cierto que pueden adoptar formas, materiales, y nombres diversos dependiendo del contexto cultural donde son observadas, es decir, que cambian sus formas y sus nombres, pero no su esencia como verdades universales. Así mismo, estas emanaciones son entidades vivas con consciencia y efecto en el mundo, con las cuales, en circunstancias excepcionales,
es posible interactuar.


Una forma útil de entender esta idea de las emanaciones es la tradición de Pitágoras -iniciado en los misterios del gran geómetra Dhwty en Egipto- y su entendimiento de los números. Para la tradición pitagórica los números, lejos de ser exclusivamente unidades abstrac- tas cuantificadoras, son entidades vivas que cumplen funciones de orden del universo. En esencia todos los números están contenidos en el 0, del 0 emana la semilla, mónada o unidad, de la cual derivan todos los otros, el 2 -la dualidad-, el 3 -la trinidad-, etc. Todos estos números constituyen aspectos del todo absoluto, son parte del 0, pero a su vez, al separarse, se convierten en entidades vivas con cualidades y efectos en el mundo. Como entidades se manifiestan tanto en los símbolos numerales que conocemos -que pueden ser empleados como elementos cuantificadores-, como también a manera de expresiones de orden del universo. Esos números se manifiestan en todos los aspectos del universo cognoscible, en las plantas, en los seres humanos, en los animales, incluso a manera de procesos de la consciencia, no a través de los signos que utilizamos para dibujarlos, sino a manera de manifestaciones de orden. Para los pitagóricos los verdaderos dioses eran los números: politeístas en el sentido de una multiplicidad de entidades, pero panteístas en el sentido de esas entidades como aspectos de un todo más extenso.

Para cualquier sociedad de pensamiento simbólico las cosas del mundo material -móviles o inertes- están unidas a lo espiritual, son símbolo de la divinidad en tanto que son un aspecto de esta, y por este motivo son muy cuidadosos en observar detalladamente las actividades de la naturaleza para entender su lenguaje y sus procesos. Así, una deidad como Hpri, lejos de ser una adoración de un escarabajo estercolero, es una manifestación de lo que el escara- bajo -real- constituye como símbolo de un aspecto espiritual, una manifestación de un proceso cósmico que se encarna en la naturaleza a través de dicha singularidad. Hpri, entonces, es una expresión de aquella cualidad atómica del todo que se manifiesta exclusivamente en el escarabajo pelotero y en sus procesos y ciclos vitales, y que, mediante el mito, la deificación, y la magia -imagen y palabra sagradas-, adquiere un vehículo de manifestación viva como símbolo de dicho aspecto de la divinidad. En última instancia, Hpri, como cualquier otro dios del panteón egipcio, es un contenedor, un cuerpo dotado de espíritu que como aspecto esencial del universo cumple una función en este. Así mismo, el escarabajo pelotero, reflejo material de esa cualidad divina, es sagrado en tanto que la manifiesta en el mundo cognoscible donde cumple una función.


Entonces, esas tradiciones a las que solemos llamar politeístas lo son, pero no en el sentido de una adoración de los animales o las cosas del mundo -no en el sentido primitivo o infantil-, sino de aquello de lo que son manifestación, y que en última instancia constituyen, a manera de fracciones, un todo inconmensurable en el cual ejercen un orden, una causa, una función y un propósito. Desde este punto de vista incluso los seres humanos -y cualquier otro elemento del mundo natural- somos también aspectos de la mónada, cualidades de esta con una función específica en el orden cósmico y que hacen parte de la cadena de jerarquías que constituyen la realidad última como totalidad.


Puesto que todas las cosas del mundo son, en última instancia, manifestaciones materiales de aspectos más amplios, las tradiciones ancestrales se toman un gran esfuerzo en escoger meticulosamente cada material de la naturaleza, según sus características y lo que expresaban, a manera de símbolo, de un aspecto atómico de la divinidad. Cada elemento, cada forma, cada color que usan en sus prácticas rituales tiene una causa, un poder y en consecuencia un efecto significativo. Puesto que el azul es el color más escaso en la naturaleza, debido a que está presente en las cosas más inmensas y profundas del mundo como el cielo y el océano, y por su relación con el infinito -la pureza, lo inabarcable y lo inconmensurable-, ese color fue empleado en el antiguo Egipto para colorear el pelo y la piel de algunos de los Ntjru 

-asociados con la automanifestación divina, la salud, e incluso la resurrección-.

Uno de los casos más ejemplares fue Imn (Amun), posiblemente uno de los más importantes, puesto que manifestaba la idea del espíritu autocreado que es causa y consecuencia de la creación. Uno de los nombres privilegiados de Imn -como aspecto de Nwn- era «el oculto» porque se decía que estaba en todas las cosas y que todas las cosas estaban en él -o, mejor, que todas las cosas eran él-, y aun así no podía ser visto (al menos no con los ojos). Imn era para los egipcios la cualidad de Nwn que como substancia constituía la esencia material oculta del universo y de todas las cosas que existen en él, aquello que subyace en lo más profundo de la energía, tras el velo de la materia. Imn es la substancia oculta del universo natural como hierofanía, el gran misterio.


Otro ejemplo significativo era Pth (Ptah), el creador en la cosmogonía de Menfis. Este dios encarnaba el aspecto creativo de la divinidad que se ve reflejada en la naturaleza a través de la inteligencia creadora humana y en la potencia creativa erótica y sexual. Por este motivo Pth fue el patrón de los constructores, fabricantes de barcos, artesanos, herreros y escultores. En la iconografía egipcia Pth solía ser pintado con la piel verde y decorado con un gorro azul que cubría especialmente la parte posterior de la cabeza, la zona occipital, lugar donde se producen las imágenes. Ese azul evocaba la pureza y la inmensidad de las capacidades creadoras divinas que se originan en la intuición del corazón pero que se manifiestan en la inmensa visualidad de la imaginación mental. El color verde (wadj) de su piel evocaba el aspecto creativo en el sentido de fertilidad reverdecente -como lo veremos más adelante también en la piel de Wsir-, que puede ser aplicado al mundo natural, pero también al concepto de fertilidad creativa humana.


En el mito de Wsir, un fragmento cuenta que, luego de enterarse de que su marido había sido asesinado por Sutj (Set), Aset (Isis) emprendió un largo viaje para encontrar su cuerpo. Luego de mucho tiempo buscándolo, Aset se enteró de que el sarcófago de Wsir había sido llevado por el Nilo hasta las orillas de una playa donde había quedado enredado en las ramas de un árbol. En cuestión de muy poco tiempo el árbol creció rodeando el sarcófago en el interior de su tronco. El rey de la región hizo cortar el tronco del magnífico árbol y lo utilizó como djd (columna) para sostener el techo de su palacio. Aset, que no desistía en recuperar el cuerpo de su esposo, llegó al palacio donde, disfrazada de plebeya, consiguió trabajo como nodriza de uno de los hijos del rey. Todas las noches Aset se transformaba en golondrina y, en vez de amamantar con su leche al bebé, le daba su dedo para que lo chupara mientras lo ponía al fuego para que consumiera sus partes mortales.


La golondrina (Hirundo rustica), un ave de plumaje principalmente azul con una mancha roja en su cara y un pecho blanco, era el ave atribuida a Aset. Sus colores recuerdan al joven sol rojo que sobrevive a la noche y renace renovado con el alba en el cielo matutino. Esta ave tenía una importancia significativa en el simbolismo egipcio, donde era la encargada de anunciar y saludar al sol. Aset fue luego en la historia asociada a Venus -también relacionada con la Bnnw-, que era considerada en la antigüedad como la estrella que anunciaba el amanecer. En los textos de las pirámides -una compilación de conjuros jeroglíficos tallados en el interior de las pirámides del Imperio antiguo-, hay una mención que relaciona a las golondrinas con las estrellas: «Yo he abierto mi camino entre aquellos que poseen una trampa para aves, he conversado con los dueños de los Ka 𓂓, he ido a la isla grande que está en medio del Campo de las Ofrendas, sobre la que los dioses Golondrina descienden; las golondrinas son las estrellas imperecederas, ellas me dan este árbol de vida sobre el que viven, y yo obtendré vida de ese modo en seguida».

En el Libro de los muertos la placa 66 es un conjuro para que el difunto se transforme en golondrina: «Yo soy una golondrina... una golondrina; también yo soy la Diosa Escorpión, la hija de Ra... ¡Oh, Dioses, cuán agradable y dulce me resulta vuestro perfume que arde y sube hacia el Horizonte!». Esta mención en los textos funerarios puede tener una relación con el hecho de que, en algún momento, la golondrina fue símbolo del Ba -luego identificado con el halcón-, de la identidad individual del difunto -equivalente al Atman en las tradiciones de la India-, uno de los nueve componentes del ser según la tradición egipcia. La golondrina y el halcón tuvieron una fuerte relación en Khmt donde solía presentarse a la golondrina simbólica como un ave que eventualmente se transformaba en halcón. No sobra recordar que el halcón estaba estrechamente unido con la concepción de una elevada realización espiritual. Cuando el halcón era empleado para evocar el Ba se le representaba en las pinturas murales con un plumaje azul o verde -muy distantes del color de las plumas del animal real y que evidentemente cumplían una función simbólica-, alegóricos de la pureza o la divinización del difunto, el cual adquiría el epíteto de Hrw (Horus) cuando pasaba a lo otra vida -en el caso del azul- o de la resurrección -en el caso del verde-.


El mito de Wsir continúa narrando cómo, luego de que Aset recupera el sarcófago, Sutj se las arregla para desmembrar el cuerpo de Wsir regando sus partes por Khmt. Aset nuevamente emprende una heroica búsqueda, y logra recuperar y remembrar las partes del cuerpo de su esposo. Una vez remembrado, para evitar que su cuerpo volviera a ser profanado, Aset embalsama y momifica a Wsir, y lo resucita parcialmente insuflándole aliento de vida. Luego, habiéndose transformado en halcón, por medio de un acto de magia, Aset sostiene relaciones sexuales con él dando lugar a la concepción de Hrw, el joven dios Sol. Luego de su nacimiento, Hrw, el dios halcón, emprende su viaje de regreso a Khmt con la finalidad de derrocar a su tío Sutj y así reclamar el trono de su padre, sobre el cual reinaría desde entonces.


A partir de su resurrección, Wsir, que debe quedarse como regente en el Dwt -el mundo de los muertos-, es representado con la piel verde, un color que a primera vista puede recordar la piel de un muerto, pero que en otro nivel está asociado con el reverdecer de las cosechas y, por extensión, con la fertilidad que llegaba con la crecida del Nilo luego de la temporada de sequías. El verde con el que se pintaba la piel de Osiris era de malaquita triturada, una de las materias primas en la fabricación del pigmento azul. Simbólicamente, ese verde era el resultado de la combinación del azul -característico de las aguas (asociadas también al vientre por la relación con el huevo y la bola de estiércol)-, y el amarillo, que es el color del espíritu solar por excelencia que penetra e insemina la substancia en estado latente. En otras palabras, el verde es el resultado del amarillo de los nutritivos rayos espirituales del sol combinados con el agua primordial que compone a todas las cosas: los dos elementos esenciales en el cultivo de los vegetales. Así, el mito, su simbolismo y sus manifestaciones formales, más que simples historias que pretendieran explicar los fenómenos del mundo, eran símbolos concretos que alcanzaban a tocar verdades universales que se manifestaban tanto en el cosmos fenomenológico como en el ser interior individual, cada uno reflejo del otro.


En la tradición alquímica los colores azul y negro de la Nigredo están fuertemente relacionados entre sí por su asociación con el kaos primordial, con el vientre materno y con las aguas mercuriales. En la alquimia se habla, por un lado, de la «matriz donde se gestan los metales en la tierra», similar a la bola del escarabajo pelotero que debe ser emulada en el matraz o en el crisol alquímicos, y que debe ser calentada en el horno con una temperatura no mayor a aquella con la que se «empolla un huevo», para lograr acelerar el proceso de gestación del plomo y transmutarlo en oro. También se habla, por el otro lado, de la Nigredo -o el kaos- como la primera etapa de un proceso de tres partes (Nigredo, Albedo, Rubedo), una etapa en la cual la materia prima es reducida a un lodo negro sin forma, caótico, donde están dados todos los elementos y los materiales necesarios para la fabricación de la piedra: mercurio, azufre y sal.


Algo que resulta muy interesante es que una de las materias primas requeridas en la preparación del pigmento es una sal alcalina conocida como natrón que permite la formación de los cristales azules en el horno. Esta sal, que los antiguos extraían de las orillas de lagos salinos en el desierto, era utilizada prioritariamente en el proceso de embalsamamiento de las momias para evitar que el cuerpo y sus partes se pudrieran -para evitar la corrupción del cuerpo. Su nombre, que se origina en el egipcio Ntrn, es el nombre de donde obtenemos el símbolo del sodio elemental (Na), pero además está directamente asociado a la palabra con la que se designaba a la divinidad Ntjr, y al propio lenguaje egipcio que era conocido como Mdw-Ntjr -palabra sagrada o divina-. Por sus usos en diversos ritos como el embalsamamiento, e incluso como ofrenda a los difuntos, el natrón tenía un lugar muy importante y sagrado en los misterios egipcios, lo que lo convertía en un material con una carga simbólica muy significativa.


El azul egipcio no es una tonalidad de azul específica, de hecho podía variar del azul celeste a tonalidades más oscuras como las que hoy en día denominamos con los nombres de ultramarino, lapislázuli, phthalo, y cobalto, pero manteniendo siempre el mismo nombre: Hsbd -que significa literalmente lapislázuli- o Irtyu -azul-, manteniendo su misma carga simbólica en todas las posibilidades tonales. Teniendo en cuenta las cualidades mágicas que los egipcios observaban en los materiales del mundo, vale la pena aclarar que cualquier azul no es lo mismo que el azul egipcio, y no por motivos de tonalidad, sino por sus características materiales. La propia materialidad del azul egipcio es lo que lo hace único, por su alto contenido de cobre, cuarzo y natrón.


Estos conocimientos del símbolo en el color y la materia no son exclusivos de los antiguos egipcios, sino que están arraigados en todas las tradiciones ancestrales, incluso en aquellas que aún sobreviven. Este tipo de asociaciones son características del lenguaje analógico que prima en las culturas con una estructura de pensamiento simbólico. Para este tipo de estructura de pensamiento es bien entendido que las cosas del mundo son símbolos de aspectos o procesos universales, es decir, que son una manifestación microcósmica de dichos aspectos divinos que, en su fracción, contienen la totalidad de lo que simbolizan: una gota del océano es en sí misma una versión diminuta pero completa del océano, lo contiene en su totalidad.


La causa de manifestación simbólica del azul es familiar a todas las culturas ancestrales, donde el azul tiene unas connotaciones medicinales, espirituales y de uso semejantes. Es un color de las aguas, de los cielos, de la medicina, del espíritu, de lo divino, de la conexión y de la creación como evento histórico, pero también como proceso actualizado en la consciencia del individuo, en el presente continuo.


Traer este pigmento a la actualidad es el equivalente a construir un puente de comunicación con un tiempo en el que la relación con el cosmos era más cercana a la experiencia directa y a los procesos esotéricos -en su sentido griego original: lo relativo a lo de adentro-, y el cual estaba menos interceptado por los lenguajes descriptivos. Un tiempo en el que las obras de arte distaban de ser simples mercancías u objetos decorativos, y eran creadas como materializaciones vivas contenedoras de espíritu que cumplían con tres aspectos esenciales: como objetos sagrados -y por extensión medicinales- con una función ceremonial en la cual se actualizaba el mito a través del rito; como objetos utilizados en la cotidianidad; y como objetos cargados de contenido estético a manera de dibujo, pintura, escultura o tejido. Estos tres aspectos garantizaban que los artefactos operaran y ofrecieran al usuario -o espectador- un campo de acción en orden con la ley de origen o ley universal, Maat. Así, por ejemplo, una mochila tejida por una de estas comunidades ancestrales es, en su materialidad, una manifestación del pensamiento en orden con el cosmos y, por tanto, un objeto sagrado que además es utilizado cotidianamente para recoger y cargar el fruto de la milpa o la medicina. También en su diseño contiene ciertas características estéticas -tales como dibujos- que evocan aspectos de la relación humana con el entorno y que la hacen objeto de contemplación, ofreciendo, a modo de mapa cognitivo, un acceso al orden cósmico divino, una ventana para contemplar el arquetipo. Según estas tres condiciones las obras de arte son objetos que en sí mismos contienen y evocan la estructura de pensamiento del artista como reflejo del universo. Por sus características estas cosas creadas pueden ser sustraídas de lo cotidiano y de sus funciones instrumentales, de consumo y, eventualmente, ser colocadas en un lugar para la contemplación y la admiración como un reflejo de la naturaleza evocada desde el interior.


Ese puente inter-temporal e inter-cultural permite que, a través del rito y de la cristalización de su materia residual -la obra artística-, se actualice el mito. Así, la tradición ancestral entra en diálogo con lo contemporáneo y, actualizada a través de la experiencia sensible, acude para reactivar y hacer efectivas ciertas memorias simbólicas milenarias.

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Notre Dame de la Belle Verriere, Notre Dame de Chartres
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Khepri, el Netjer escarabajo pelotero
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Utriusque cosmi
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Neter

aquello que se pone en el sarcófago

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