Arte Koan

Esrito el 9 de diciembre de 2018

Un moje preguntó a su maestro:

-Dos manos al chocar producen un sonido,

¿Cual es el sonido de una mano?-

¡pum! (El maestro lo abofeteó)

El koan es una construcción poética que carece de sentido concreto y que está orientada a poner en jaque el aspecto de la mente que exige del mundo y de las cosas un significado. Los koanes son paradojas indescifrables, que en apariencia tienen un significado sencillo y que provocan en la mente racional una especie de corto circuito, que la hace despertar a la experiencia pura, sin predisposición conceptual. 

 

Para entender con mayor claridad a qué me refiero, es necesario primero tener un entendimiento básico del proceso mediante el cual opera la mente frente a la experiencia: El primer estadio de la experiencia es la percepción. La percepción carece de catalogaciones y de conceptos, y se manifiesta en el cerebro a través del hemisferio derecho, que recolecta los estímulos eléctricos del ambiente que le llegan a través de la columna vertebral desde los órganos sensoriales. La percepción se manifiesta de forma absoluta, como una enorme explosión de estímulos que resultarían inabarcables para un individuo que no pudiera filtrarlos y catalogarlos. La experiencia perceptual en estado puro no puede ser juzgada, no es buena ni mala, sencillamente es, y es todo lo que experiencia el individuo en el presente continuo. Para la mente emocional no existe la noción de tiempo, solo el presente.

 

El segundo estadio es la conceptualización de la experiencia pura. Luego de recibir los estímulos, el hemisferio derecho pasa la experiencia al hemisferio izquierdo que se encarga de filtrarlos, analizarlos, ordenarlos y catalogarlos por medio de conceptos: rojo, frio, madera, metal, alto, pequeño, mesa, árbol, persona, etc. eliminando todos los estímulos que puedan ser considerados innecesarios en el puro sentido de supervivencia (me refiero por ejemplo a esos sonidos del tráfico en el fondo que pasamos por alto cuando estamos desarrollando alguna actividad). El hemisferio izquierdo que cataloga los estímulos, se encarga de recolectar la información de las experiencias pasadas, las compara con la experiencia presente y así proyecta posibilidades hacia el futuro. Este aspecto de la mente es el que se encarga de imponer los juicios de valor a las cosas que provocan la experiencia, y así determina si algo es "bueno", "malo", si nos gusta o no o si es peligroso o no. El hemisferio izquierdo es el que construye la idea de tiempo en la mente, porque se encarga del pasado y del futuro. Este aspecto racional entiende la realidad como un constructo de bloques, catalogaciones específicas como la sensación de frío o de calor, y no de transiciones en ese caso del frío al calor como una gradación constante que nunca es estática. El proceso es muy similar a lo que se ha descrito alegóricamente en la biblia a través de la historia del fruto prohibido: La serpiente o cerebro reptil, que asciende por el árbol, entrega el fruto de la experiencia perceptual a Eva, que luego lo pasa a adán, quien es el encargado de catalogar, o, "nombrar las plantas y los animales del jardín" (Gen 2:20–22).

Un ejemplo que puedo ofrecer sobre esta noción de la conceptualización de la experiencia, es el siguiente: Si tomamos agua y la servimos en un vaso, el agua toma la forma del vaso, si pasamos esa misma agua a una copa entonces adopta la forma de la copa, si la pasamos a un tubo toma la forma del tubo, sin embargo el agua en sí misma no tiene una forma concreta... adopta la forma del molde que le imponemos. Así mismo podemos pensar en la substancia que compone la materia, esa substancia sin forma puede experimentarse en estado puro a través de la experiencia directa, no conceptualizada. La conceptualización es el proceso mediante el cual la mente le da forma a la substancia a través del lenguaje, así la modela en las formas que nos rodean, incluido nuestro cuerpo. La materia entonces adopta la forma que el concepto exige de la substancia que la compone, por eso, como diría Wittgenstein, el mundo es percibido diferente a través de los ojos de cada lenguaje, por lo tanto, los limites del lenguaje son los limites del mundo percibido a través de este. ¿Podría alguien decir que recuerda algo de su infancia antes de aprender a hablar?. La separación del mundo aparece  con la conceptualización de la experiencia. Antes del lenguaje éramos uno con el universo.

 

El efecto de este proceso, es que provoca la incesante necesidad humana de significar todas las cosas. Sin descanso, nuestra mente analítica busca en todas las experiencias y en particular las experiencias provocadas por nuestra especie, una razón de ser, un significado. De esa experiencia conceptualizada racional es de donde nace la falsa ilusión de la separación del mundo, y las preguntas sobre el sentido de la existencia o el propósito de la vida. Podría decirse, que una parte importante de lo que nos hace humanos es esa búsqueda inevitable de significado en el mundo.

El koan, es un método poético-práctico, que ofrece un “silenciamiento” a esa racionalización de la experiencia del mundo y de las cosas por medio de la irrupción en ese proceso mental, a través de la inserción de una paradoja. Por medio del corto circuito que produce el koan, el espectador cae en una narrativa sin solución que eventualmente, y en condiciones óptimas produce un silenciamiento de la mente conceptual y un alumbramiento de la experiencia en estado puro.

 

En el ejemplo del koan de la bandera, cuando uno de los monjes dice que la bandera mueve al viento, y el otro dice que es el viento el que mueve la bandera, ambos están limitando la experiencia propia al aspecto conceptual del fenómeno. Luego el maestro aparece y dice: No son ni la bandera ni el viento los que se mueven, sino la mente. ¿Y acaso no es la mente la que produce las imágenes, los sabores, los sonidos, etc. del mundo? ¿no es el cerebro, que interpreta los estímulos eléctricos en formas y colores? ¿acaso la realidad que percibimos no es una interpretación de una porción infinitesimal  de la realidad absoluta?

 

Existe una continuación a ese koan de la bandera, en ella, le cuentan la historia a una monja (budista) que al escucharla concluye: no es el viento, ni la bandera ni la mente... lo que se mueve es la realidad. La respuesta de la monja recuerda que aun el maestro que menciona el movimiento de la mente está equivocado, porque sigue estableciendo una dualidad entre la mente del observador y el objeto observado. El koan original rompe con la falsa ilusión creada por la conceptualización del fenómeno; La actualización de la monja lo completa, creando una nueva disrupción en la mente que rompe con la idea de separación entre el observador y el objeto, que son dos aspectos de lo mismo: el flujo continuo de la realidad. ¿y no es la mente una parte de lo mismo que compone al objeto, la realidad?

 

Pensar en el arte como “koan” permite que el espectador caiga en cuenta de que no importa el significado concreto ni la intención del artista, sino la experiencia misma de la realidad filtrada a través de la subjetividad y el sentido que cada quien pueda otorgar a esa experiencia de la obra. No es que la obra carezca de significado, sino que el significado es inherente al espectador, no a la obra ni al artista. La obra en esa medida solo opera como un catalizador de ese sentido, que solo podría producirse bajo las circunstancias que la experiencia de esa obra particular produce en ese espectador específico en un momento determinado. La realidad que cada ser vivo experimenta es en sí misma una interpretación de la experiencia de la realidad absoluta; una interpretación que es realizada desde las limitaciones que el lenguaje impone a la mente. 

Desde esta perspectiva koan el arte se convierte en un puente entre la divinidad y el hombre (entendiendo la palabra en el sentido subjetivo, de la divinidad interior); que solo puede ser atravesado por aquellas personas que se atrevan a no buscar un significado concreto en la experiencia.

Creo que es en ese aspecto experiencial inabarcable e inasible (no concreto), en lo que la obra de arte se asemeja inevitablemente a la idea de Dios. Cada vez que se intenta conceptualizar algo como la divinidad, se limita y al limitarse pierde su naturaleza que es infinita; ¿como puede contenerse lo infinito en un concepto limitante?. Al limitar a la divinidad a través de la experiencia racional, no podemos sino percibir tan solo una partícula de polvo de lo que es en toda su extensión. Así mismo, cuando se intenta otorgar un sentido concreto a la obra de arte, esta se limita y se pierde de vista cualquier infinidad de posibilidades de significado que la obra pueda poseer. La obra de arte se acerca a lo divino en tanto que es inasible en el sentido de la experiencia y el significado

 

Kirkegard decía: "si me nombras me niegas". Cuando se nombra lo inabarcable, se contiene en un "molde" formal, pero lo infinito es incontenible y por eso es que ningun nombre, ninguna forma y ningún concepto nos bastan para definir a la divinidad en su totalidad. Por eso se han dado todas las guerras religiosas e ideológicas. Incluso los ateos que tanto luchan contra la idea de Dios, no pueden, para hablar de su inexistencia, evitar nombrarlo, y así sin querer, lo crean por medio de la palabra; en el mundo de la dualidad la única forma de que exista algo es por oposición a su contrario. El ateo solo existe porque Dios existe.

Con el arte sucede lo mismo. El problema del significado del arte aparece cuando se pretende otorgar a la obra un sentido concreto que la priva de su dimensión poética, en especial cuando ese sentido concreto proviene de la intención del artista. Es por eso que el arte político resulta siempre tan malo, porque parte de un significado concreto, y previene al espectador de cualquier otra lectura, es decir, lo previene de su propia experiencia frente a ella. Entonces resulta obvio, plano, y pobre, y debe ser mediado por el lenguaje discursivo.

 

Esta idea de la experiencia conceptual y la perceptual-emocional, debe tomarse con precaución. Considero importante aclarar que no se trata de un problema de oposición, ni un intento por privilegiar una sobre la otra (a menos que en otro contexto la intención sea científica por un lado, o la búsqueda de la experiencia mística por el otro). En este caso, en un sentido completamente pragmático como el que podemos aplicar al arte, la experiencia conceptual es un hecho inevitable y necesario, es lo único que nos permite relacionarnos con la realidad como entidades en apariencia individuales. Sin ese filtro analítico sencillamente no existirían las cosas (o la ilusión de separación de ellas), ni el individuo que las percibiera, es decir no podríamos hablar de obra y espectador. Lo que considero importante de esto, es que permite comprender que cualquier experiencia, y por consiguiente su inevitable conceptualización / interpretación (que sucede tan rápido que ni podemos observarlo), es única e individuada en el sentido en que sucede a través de la colección de unidades que componen al individuo. Ninguna experiencia, ni su interpretación puede ser repetida en su totalidad por otro ser vivo ni por el mismo; aunque se intentara, las condiciones habrían cambiado. Por supuesto que la mente conceptual está domesticada y conformada por factores compartidos como el lenguaje y los aspectos culturales, sin embargo esos elementos son apropiados por el individuo de forma única dependiendo de las miles de variables que constituyen su contexto vital.

El arte, a través de la experiencia subjetiva, suscita una serie de efectos en el cuerpo y la mente del espectador, de los cuales algunos pueden ser sentidos otorgados pero nunca significados concretos. Pero es necesario que el espectador se encuentre dispuesto y abierto a la experiencia que la obra provee. Quiero aclarar que por "experiencia" frente a la obra no me refiero a un tipo de vivencia mística, sublime o hierática necesariamente, sino también a la experiencia cotidiana, que sucede a través de los sentidos y se prolonga al interior del ser para ser interpretada; del mismo modo en que a diario tenemos experiencias con las mesas, los edificios, los semáforos o los teléfonos, aunque de una forma menos mecánica. Jasper Johns mencionó en una entrevista que el significado de una obra de arte puede ser sencillamente que exista "y luego, como cualquier otra cosa, produce un efecto en las personas". ¿acaso no es suficientemente misteriosa la experiencia cotidiana y la forma como se manifiesta en el individuo? ¿como es interpretada y cargada de sentido y de significado a través de la personalidad?. "Entender", diría Joseph Beuys, puede ser leído de "In-Tendere", o tender hacia adentro, y la forma como se tiende la experiencia hacia adentro es a través de los sentidos, de ahí en adelante todo es cuestión de interpretación.

Durante el proceso creativo la obra se carga de intenciones, de deseos y de preguntas que yacen tanto en la superficie consciente y en en la subconsciencia del artista como en la profundidad inconsciente del colectivo que lo rodea, y estos elementos solo se manifiestan en la obra si se da vía libre al espíritu para crear. Pero todas esas intenciones y deseos son solo aspectos de la creación, que pueden ser detectados o leídos únicamente por un buen espectador responsable y curioso. Existen obras que son materializaciones de aspectos universales, arquetipales, que conciernen a la especie entera y que pueden ser asumidas desde esa universalidad; sin embargo, aunque el núcleo simbólico de esas obras pueda ser reconocido, y nombrado, es innegable que el efecto que tendrán en el espectador sigue siendo subjetivo; no puede ser concreto en tanto que a la luz del filtro que representa cada individuo comprende un sentido único que se transforma y deforma dependiendo del contexto vital de cada uno. Así, aunque digamos que la Mona Lisa evoca la noción del arquetipo de la gran madre universal, este no es el "significado" de la obra, sino una cualidad que en cada espectador puede ejercer un efecto emocional o racional único.

Y si la obra de arte es un koan, es decir un tipo de poema indescifrable, paradójico, o un "crimen perfecto" si se quiere, no nos queda más remedio que acudir a la experiencia propia, y permitir que sea nuestra imaginación la que concluya el acto de creación por medio de la inclusión del significado en la obra. Y en últimas, si somos afortunados, puede producir en nosotros un silenciamiento que nos lleve a la realización momentánea de la experiencia en estado puro.

 

Considero que uno de los momentos más potentes que uno se puede encontrar en el mundo contemporáneo del arte, es cuando un espectador se enfrenta a una obra de arte sin discurso, sin mediación y no la entiende. Ese breve instante fugaz que sucede en el momento justo del encuentro entre el observador y la obra, cuando se enfrenta con la experiencia pura de un objeto inaprensible en términos del significado es invaluable. Ese es el momento en el cual la obra produce un corto circuito en el espectador, que lo hace girar la cabeza y preguntarse anonadado sobre el significado. Esa sensación de deriva, de naufragio, es la consecuencia inevitable de un lapso de experiencia en estado puro, que lleva a la mente a cuestionarse hasta su propia existencia. Después, vienen los juicios estéticos y formales y más adelante, si el espectador se lo permite, la interpretación. ¿y que pasa si la obra no representa o no significa? ¿y si la obra solo es? entonces lo único que queda es apagar ese sistema que exige de la obra un significado concreto, y confrontarla desde la experiencia, completar el acto de creación: ¿que significa para mi? ¿que produce en mi? ¿que tengo yo que decir acerca de la obra o de la experiencia?

 

Para mi la pregunta es: ¿por qué la obra tiene que significar una cosa concreta? la concreción es la muerte del arte. Aceptar la subjetividad, la infinidad de sentidos que otorga la experiencia directa de la obra es la mejor forma de preservar la naturaleza poética del arte. ¿Que importa lo que el artista quiera decir a través de la obra? eso es problema del artista que atestigua el acto creativo, pero no del espectador. La intención del artista está sobrevalorada en nuestro tiempo.

"No existe ninguna solución, porque no hay ninguna problema" solía decir Duchamp cuando se le preguntaba por el Gran Vidrio. El problema de la dualidad surge en la mente del interprete. 

La obra significa, si, pero no algo especifico sino un infinito de sentidos otorgados que son inherentes a sus contempladores. Cada quien lee la obra desde su lenguaje y sus juicios, desde su cultura, su núcleo familiar, su situación política, económica, intelectual, en definitiva sus creencias; así, diría Marcel Duchamp, completan el acto creativo. Porque la conceptualización de la experiencia es en sí mismo un acto de creación realizado por el fantástico y veloz mago de la mente. Sin ese proceso de conceptualización de la experiencia, que es lo que construye la realidad perceptual, el universo cesa de existir como algo separado de nosotros. La creación sucede a cada instante por obra del "verbo" que limita la sustancia en las miles de formas que nos rodean y nos componen.

El espectador que decida realmente entender la obra, debe tener presente que cualquier interpretación o lectura, no es mas que un reflejo de su mente, de lo que la obra suscita en ella, no del artista ni de la obra en sí misma. Narciso se ahogó en el lago, porque confundió su reflejo con el sentido real de la imagen. Creyó que su interpretación era la Verdad.